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6 oct. 2013

Doce y un minuto, Estimados.

Llovía. Podía notarlo en el repiquetear de la ventana. Llovía mucho. La sala oscura, tan solo iluminada por el radiante fuego que con sus pequeñas llamas danzantes, se alimentaba, poco a poco, de los restos de leña de la estufa.

Llegaban las doce, y con eso la lluvia y el retumbar del reloj.

Habían tres personas sentadas allí, en la sala a oscuras. Dr. Wix se encontraba en el sofá verde. La Sra. Woxy lo estaba en el de color rojo. Ambos lucían en sus ojos y en su temple, la misma mascara vacía.

Una vez terminadas las doce, el silenció volvió a la sala, tan solo interrumpido por eventuales chisporroteos de la leña flameante, esta última danzante.

La tercer persona se levantó, se podría decir que del sofá de color negro, pero sería mentir y mentir es incorrecto. El sofá era azul, azul oscuro es verdad, pero azul al fin. Dignó a moverse por la sala y enfrentar a la Sra. Woxy, esta no dio cuenta del acercamiento y quedó en la exacta misma posición que segundos antes. Quieta. El Dr. Wix en cambio, deslizó casi sin intención su cabeza hacía el lado derecho, lo que le ocultó, en la oscuridad sin luz, el rostro por un momento.

Fue un momento, y solo uno de ellos, dado que al momento siguiente el Dr. Wix habiendo perdido el equilibrio, supongamos, cayó sobre el suelo, que es menester decir, lucía hermoso.

La tercer persona vio el acontecimiento y exclamó casi inaudiblemente una expresión en negativa. «¡Oh, Dr. Wix!», podría haber sido, pero no lo fue.

La tercer persona se acercó rápidamente al Dr. Wix y le alzó con gracia; el Dr. Wix no expuso objeción alguna por lo que La tercer persona le acomodó, en cuanto sus habilidades le permitían, en el sofá, el de color verde claro está, aunque este no era claro, era verde, verde oscuro. El Dr. Wix continuó apacible, su expresión la misma, vacía, como quién se entera de una muy buena noticia ajena y no sabe como expresar su más absoluto odio, por lo que no lo hace, sonríe. Pero el Dr. Wix no era así, lo había sido en un momento, pero ya no, ya no sonreía.

A todo esto la Sra. Woxy no había experimentado ningún ademan, ni sentimiento, ni necesidad de ayudar a La tercer persona, ni mucho menos al Dr. Wix.

Una vez el Dr. Wix, quedara en fisionomía complacido por la comodidad que no parecería con interés de admitir, del sofá verde, La tercer persona volvió a dirigirse a la Sra. Woxy.

El fuego había detenido su danza y tan solo brillaba ahora en un tenue intento, dentro de la leña hecha brasa ardiente. Esto generaba cierta quietud, una quietud incomoda como la de la gota de lluvia que cae, sin más, siempre de la misma forma.

La tercer persona luego de descartar por completo la idea que tenía en mente, esa que incluía a la Sra. Woxy y al sofá de color rojo, se acercó a la mesa que no era del todo mesa. Pero así como el fuego intentaba danzar, y danzando se lo describe, la mesa que no era mesa, intentando ser mesa, como mesa se la describe.

Sobre ella, la mesa que no es mesa, habían varías cosas que no valen la pena nombrar. Tan solo una botella de vino abierta; tres copas de vino, dos vacías, una llena. Pero había sobre la mesa una carta: «Estimados...» comenzaba. «Estimados...» terminaba.

La tercer persona tomó la carta y la arrojó a las brasas que la acomodaron en su interior y poco a poco la incitaron a danzar y danzó, con la llama misma.

La tercer persona tomó la copa de vino, la que estaba llena de éste, y se sentó en el sofá de color azul, ese que pareciera negro. Y tomó de ésta.

La tercer persona experimentó placer, ese que sufre uno cuando sus más grandes enemigos se encuentran a pocos centímetros de uno, uno en un sofá de color verde, otro en uno de color rojo. Cuando el fuego se retrae, cuando la lluvia se aviva, y poco a poco como ellos, también muere.