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20 abr. 2015

Long Story Short...

«No quiero saber sobre tus victorias en el campo de los sueños», le susurré recostado sobre La Estrella Azul de Oriente.
Mis ojos pardos le observaron mientras ignoraba mis demandas y continuaba en su lamento.
Me acerqué más a él con pesar y congoja, y en la copa de aquel viejo roble le grité con ímpetu desmedido: «¡No lograré sacarte de la miseria si a lo que aspiras es enterrarte en ella!»
Vi como sus ojos se ahogaban en salados mares y daban vida a cálidos ríos sobre sus barbas blancas. Me acerqué más aún a él y posé mi rostro sobre el suyo. Intenté implorarle que se detenga. Tomé sus manos sobre las mías y le lloré en desconsuelo a su consciencia.
«Por favor detente», murmuré. Pero sus llantos habían destrozado corazones al punto de no-retorno. Su cuerpo valiente y fuerte temblaba de temor por un castigo de dios inexistente.
«Qué te perdono» le susurré a su aún tibio rostro. Mientras su sangre aún corría, vivaz e imponente, por sus ropas y sus tierras.
Y así volví llorando como aquel hombre a recostarme sobre La (Bella) Estrella Azul de Oriente. Y lloré lluvias amargas de congoja.
«Si supieras escuchar, ¡tú viejo! ¡Si tan solo supieras hacerlo... verías a tu dios destrozado de pena!»