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14 oct. 2015

«...chocolate, café, canela... ¿limón?»

— Contame, ¿qué sentís?

La miré como quién mira a un extraño pedirle direcciones, con asombro y curiosidad.
«¿Qué siento?» Ha de ser la pregunta más burda y sencilla de todas las que he recibido por su parte; aún así, me encontré sin palabras de respuesta, sin ideas claras en la mente. Me encontré por primera vez, como hace tanto, inútil.
¿Qué siento?, me pregunté a mi mismo. ¿Qué es en realidad lo que siento?, ¿rabia?, ¿tristeza?
Si lo analizo lógicamente, si siento rabia he de sentir tristeza. La tristeza alimenta y se escuda en una rabia sin sentido. Es la tristeza de un niño, de alguien que no comprende ni maneja sus emociones.
Pero, ¿es qué acaso no lo soy? Un niño me refiero. Soy un niño intentando sentir lo de un adulto. Buscando emociones que escapan no solo a mi entendimiento pero a mi desarrollo emocional. No estoy preparado para sentir... pero «¿Qué..?», esa es la pregunta. No debo desviarme.

— Enojo — respondí con poco convencimiento.

— ¿Enojo?

— Yo creo que si, es decir, para serte honesto no sé exactamente lo que siento. Es como una mezcla, ¿no?, un sinfín de emociones complejas que me comprimen acá en el pecho. Pero supongo que es enojo, rabia, tristeza... todo parte de un mismo todo. Como una masa de todo un poquito, eso y otras cosas... ¿viste cuando degustas un postre nuevo, qué decís: «uh, tiene chocolate, café, canela... ¿limón?»?, viste que siempre sentís como que hay algo más, o muchos «algo más». Bueno eso me pasa.


Mientras la veía anotar cosas en su cuaderno, perdí la vista en la nada y me inundé nuevamente en mis pensamientos. ¿Realmente sentía enojo? Sentía como el objetivo de mi ejemplo, alejarme de mis emociones y escudarme en el pensamiento lógico, se perdía en un pasado lejano; y como todas esas emociones complejas se apoderaban agresivamente de mí. Pensarlo solo logro humedecer mis ojos de una forma melancólicamente desagradable, pero no intenté disimularlo, no quería. «¡Debo permitirme sentir!» me recordé a mi mismo.

Las lágrimas se formaron en mis ojos y cayeron por su propio peso, sobre mis mejillas, y la barba entrecortada del mentón. La congoja y desesperación de la noche anterior volvieron a invadirme en ese momento; podía sentir el agujero negro en mi interior, una suerte de succión en mi pecho. Podía sentir todos mis músculos contraerse. Mi cuerpo tenso ante la inminente llegada del espasmo. Solo dos lágrimas lograron escapar esta vez (una por cada ojo), pero los espasmos continuaron. Mis ojos cerrados en todo momento. Nunca sentí tanto dolor en mi vida, he de admitirlo. La sensación de poderío en desgracia, de sentir como tu mente se preocupa única y exclusivamente por ti, lo que sientes tú en ese momento. No existe el cuidado ni la vergüenza. Solamente esa desesperante desazón pacífica, que recorre y abruma todos los sentires; y en su suerte de estancia, relaja hasta los músculos de la mente.

El espasmo se sucedió tal como la noche anterior. Duró apenas unos minutos. Luego mi mente tomo control. Mi rostro volvió a conformarse en una mueca de aceptación. Sequé mis ojos y mejillas, y me volví a acomodar en el asiento del consultorio. Inhalé y exhalé un par de veces, y aún con los ojos cerrados fui encontrando la paz en mí. Una vez calmo murmuré con una triste sonrisa en mis labios.

— Más tristeza que otra cosa creo yo, ¿no?