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23 oct. 2015

Perdón.

Tiendo a hacerme trampa al solitario; es una realidad. Encuentro lo bueno, aquello que vale la pena: lo humano. Y sufro por ello. No merezco.
«Es absurdo...» pensará quien lee, y no puedo retrucarlo; lo es, mas es lo que siento.

«¡Lo siento!», le grité en un espasmo de dolor y rabia. «¡Lo siento mucho!». Sus ojos orbitaron lejos de mi mirada. Sus pasos se alejaron, retumbaron en la penumbra de mi mente, liquidaron con esmero mis esperanzas, y derrumbaron todo lo poco que había construido.

Es que en verdad lo siento. Lo siento (he de admitir), más por mí que por cualquier otro (por ese: él. Por esa: ella). ¿Y ahora que voy a hacer? Vuelvo a estar solo (siempre estuve solo), pero vuelvo a sentirlo.

Genero attachments demasiado rápido, demasiado fuertes... pero ayudan. ¡Mirá que ayudan! Aunque sea solo por ese tiempo en el que soy parte de algo que ignoro. Solo por ese tiempo en el que pienso que sé qué soy. Solo por ese momento en el que me pierdo en mi mismo. Solo ahí, sirven y ayudan. Me permiten ser frente a otros. Me permiten estar: cabeza en alto, sonrisa en mano.

Te quiero pedir perdón. Ya lo hice y aún así vuelvo a hacerlo: «Perdón».