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5 nov. 2015

Empatía.

Tenía la vista perdida en la estufa a leña. Las brasas candentes chisporroteaban entre las llamas mientras entretenían mi vista, y cegaban mi mente. Mis sentidos estaban abrumados, y la película que pasaban en la televisión no era de mi interés.
Estábamos casi todos en la casa de Liliana, como siempre; solo faltaba Judá.
«Zelo, ¿estás bien?», preguntó Ariel. «Te noto raro».
«Sí, estoy bien», mentí. «Solo estoy un poco cansado».
Ariel tenía mi edad, de ojos oscuros y pequeños, solía ser un chico más bien callado. Fingí la sonrisa más convincente que pude encontrar y se la dediqué integra. Podría ser callado, pero nunca me pareció un pibe bobo; por el contrario, parecía muy observador y eso me incomodaba un poco.
Daimón estaba tirado en el suelo, como de constumbre, leyendo algún mensaje en el celular. Nunca entendí la necesidad que tenía él de integrarme en este grupo, la única respuesta lógica que podía encontrar era lástima: que sintiera lástima por mí. Extrañamente pensar eso me confortaba, «al menos me tiene lástima».
«¿Judá viene?» preguntó Yaco, mientras se servía uno de los pocos pedazos de pizza que quedaban sobre la mesa, fríos de seguro.
«Me dijo que sí, pero viste como es... ¿lo llamo?»
«¡Qué se yo Daimón!», le respondí sin ganas. Apenas había comenzado a hablar, sus ojos de soslayo se habían enfocado en mí, eso me dio la pauta de que la pregunta era para mí, exclusivamente.
Judá y yo habíamos tenido una pequeña disputa hacía no mucho tiempo, y si bien habíamos hablado al respecto, la cosa seguía sentida.
«Llamalo», agregó Liliana.
«Directo al correo de voz. ¡Si será pelotudo que tiene el teléfono apagado!».
«Boludo, me mandó un mensaje hace no más de 10 minutos diciéndome que ya salía para acá; debe estar en viaje».
«Si, Ariel tiene razón» agregó Yaco «debe estar por llegar...»
La película seguía en la televisión, y poco a poco todos volvieron a interesarse en ella. La miré distraído, solo para hacer algo. Una chica corría por una calle a oscuras, alguien la seguía, su pelo rubio platinado, la sangre seca en su rostro... y fue allí cuando lo sentí. Fue un dolor espantoso en la boca del estómago, la vista se me nubló y perdí el aliento: me costaba respirar.
Podía escuchar voces a mi alrededor, pero no lograba identificar ninguna; abrí los ojos desesperado y lo que vi me desconcertó. La tenue resplandecencia del televisor y la estufa habían desaparecido; al parecer habían encendido la luz, pues un foco amarillo lograba cegarme más allá del suelo: lo único que lograba ver. Las voces seguían allí, hablándome, pero cada vez más y más distantes; sentí el retumbar de unas botas sobre el suelo, y mi vista se dirigió a ellas sin siquiera pensarlo.
«¡Levantáte!» escuché a un hombre gritar, y un dolor aún más agudo se hizo paso en la espalda.
«Dejá de pegarle Mateo, no vez que apenas puede respirar».
«¡VOS CERRÁ EL CULO!»
Alguien me enderezaba, mi vista nublada por el dolor apenas si logró enfocar el rostro del atacante, me costó unos instantes focalizarlo, pero apenas lo hice lo reconocí enseguida: Mateo.
«¡Zelo, Zelo! ¿Estás bien?»
«¿Liliana?» pregunté atontado. La luz había vuelto a cambiar, y ya no era Mateo quien tenía en frente. «¿Liliana?», repetí más alarmado.
«¿Estás bien?, te caíste al suelo y no respondías boludo, nos re cagamos».
No entendía que estaba sucediendo, los ojos de Ariel me miraban con un pánico que nunca había visto antes. Liliana estaba arrodillada a mi lado mientras Yaco se hacía paso con un vaso de agua. La televisión seguía encendida, la chica rubia había muerto.
«¿Qué te pasó?» preguntó Daimón. Tomé un sorbo de agua e intenté aclarar mi mente: ¿qué había sucedido? Aún recordaba la cara de Mateo, tan vívida como la de Liliana en frente mío. El dolor punzante de la espalda y estómago habían desaparecido, dejando tras de ellos más que la idea del dolor causado. ¿Qué había sido aquello?
El miedo comenzó a sacudirme; y con mi mente en blanco solo pude enhebrar un nombre: «Judá». Judá estaba en peligro.

«Necesito mi teléfono» murmuró Zelo aún desde el suelo.
«¿Zelo, estás bien? Me estas preocupando...»
«Estoy bien Liliana, necesito mi teléfono. Ariel intentá llamar a Judá, ¿te animás?» No me dio tiempo a responderle. Se levantó del suelo, tan rápido como había caído. La cara de pánico que había notado segundos antes se había transformado ahora en pura determinación y certeza.
«¡ARIEL!"
«¿QUÉ?»
«¡LLAMÁ A JUDÁ!». Me apresuré a hacerlo.
«Contestador, Zelo. ¿Qué está pasando?». Pero no me respondió.
Miré a Liliana, y ella al igual que todos, estaba desconcertada.
«Mateo tiene a Judá», dijo al fin.
«¿Cómo que Mateo tiene a Judá? ¿De qué estás hablando Zelo?»
No me respondió en seguida, su mirada perdida en algún lugar detrás mío absorbía por completo su atención. Miré a Liliana, pero tanto ella como Yaco estaban atentos a Zelo.
Zelo es raro, esa es la única realidad. No somos muy amigos; de hecho hace poco tiempo que nos conocemos. Siempre fue raro, desde el primer momento que lo vimos. Cambia de un humor alegre y molesto a una introversión alarmante. Tiende a hablar de su pasado de a buchitos, sin mucho detalle y siempre en ánimo de broma. Recuerdo claramente una vez: estábamos todos en la casa de Daimón y por alguna extraña razón comenzamos a hablar sobre las mejores formas de suicidarse. «Cortarse las venas sin lugar a dudas es una de las más dramáticas», comentó; «imáginate: te vestís de blanco, te acostás en la cama... sábanas blancas. Queda súper romántico. Romeo y Julieta un poroto». Luego, no sé bien ni como terminamos hablando de la mejor forma de cortarse las venas: «¡No! Tiene que ser horizontal a la vena», había dicho Judá. «¿Horizontal, en serio?», «¡Claro! Para que se abra la vena, si lo haces perpendicular a la vena, cicatriza más rápido», había agregado Mariana, la pareja de Daimón. «Ah... ja ja ja... Con razón nunca pude matarme...»
Chistes como esos un millar, pero siempre en sátira, en broma. Nunca lo había visto tan serio: tan asustado.
«Zelo» murmuró Daimón desde el otro lado de la habitación: «¿Qué le pasó a Judá?» Su voz había sido pausada, calma; con cierto grado de entendimiento. Mi reacción, así también la de Liliana y Yaco habían sido la misma: total desconcierto. Ver que Daimón entendía lo que pasaba nos confundió aún más; más aún cuando agregó: «¿Lo viste?»
«No lo vi a él, vi como si fuera él: a través de sus ojos...»
«¿Viste a Mateo?»
Zelo asintió con la cabeza y Daimón se sentó pensativo. El nerviosismo nos recorrió el cuerpo, y Yaco exclamó: «¡Nos pueden explicar qué mierda está pasando?»
Daimón volvió a expresarse calmadamente sin desviar sus ojos de los restos de pizza en la mesa: «Zelo, es...» parecía no encontrar la palabra adecuada para describirlo, «...sensible» dijo al fin: «el puede ver, o sentir cosas que están pasando en otro lugar... o mejor dicho: que le están pasando a otras personas» refutó. «pero pensé que ya no te pasaba más».
«No lo hacía» murmuró Zelo: «hace tiempo que no me pasa. Pero ese dolor, creo que Judá me llamó de alguna manera. Por eso pude sentirlo, y verlo. Está en peligro. Mateo lo tiene en algún lado...»
Desde que Mateo había sido nombrado, una suerte de pánico que no reconocí me había inundado el cuerpo. Mateo estaba loco. Hacía 3 años él y Judá habían discutido por una gurisa a la salida del liceo. «Discutido» es la versión sutil de: «Se cagaron a piñas». En medio de la pelea Mateo había sacado un cuchillo y lo había lastimado a Judá y ya malherido y tirado en el suelo intentó rematarlo. Si no fuera porque Yaco salto en defensa de Judá probablemente lo hubiera matado. Lo último que supimos de él fue que había quedado internado en un psiquiátrico. Zelo lo había conocido allí mismo, mientras hacía su pasantía. Poco después se vino a enterar de quién era.
«¡Ahh!» el grito ahogado de Zelo rompió el silencio en el cual estábamos. Daimón se levantó alarmado. Los ojos de Zelo habían vuelto a desenfocarse, y pude notar ahora que no tenían iris ¡Estaban completamente blancos! Tirado en el suelo continuó gimiendo hasta que habló con la voz ronca, sonó como un grito a lo lejos: «¡LA CONCHA DE TU HERMANA MATEO, SOLTAME..!», otro grito ahogado lo había interrumpido, y mientras se levantaba, un hilo de sangre le corría por el labio; no lo noté hasta que escupió. Se irguió agitado, y miró a Daimón con el mismo pánico que teníamos todos. No entendíamos bien qué pasaba; ni cómo estaba pasando. Pero algo era claro: Judá estaba en grave peligro y si no lo ayudábamos probablemente Mateo lo mataría.

Apenas me levanté del suelo inmundo volví a putearlo. No fue inteligente, apenas lo hice volvió a golpearme y sentí más sangre inundando mi boca. «¿Qué querés?», le dije con todo el desprecio que fui capaz de invocar es ese estado de pánico y dolor constante que tenía. Le tenía miedo, muchísimo. El pedazo de hijo de puta ya había intentado matarme antes, y si no fuera por Yaco lo habría logrado.
«¿Qué quiero?», dijo con voz burlona: «Quiero verte muerto, pero no... no tengas miedo, no te voy a matar tan rápido. Te voy a hacer sufrir, y te voy a hacer mierda...», con cada palabra se había ido acercando cada vez más a mí hasta escupirme el rostro, y pude notar en sus ojos el desprecio y la locura que emanaban. Se rió. «¿Tenés miedo? Así que ahora me tenés miedo. El pequeño Judá me tiene miedo... ja ja ja». No le respondí, no le iba a dejar notar que su jueguito de psicótico estaba dando resultados. Solo pude cerrar los ojos y aferrarme a la idea de que Zelo y Nix iban a encontrarme. No sé por qué y no sé cómo, pero sabía que Zelo estaba conmigo en ese momento.

«Nix» murmuró Zelo. Habíamos estado intentando llamar al celular de Judá hacía ya un rato, y el pánico que sentíamos solo iba en aumento. ¿Cómo íbamos a encontrar a Mateo? Sabíamos que Judá no estaba muerto, porque Zelo aún lo sentía, pero estábamos tan cerca de encontrarlo como de entender que mierda estaba pasando. Aún no entiendo cómo pude zambullirme a una idea tan absurda, pero si Zelo realmente podía sentir a Judá, encontrarlo era posible.
«¿Nix?» cuestionó Ariel: «¿Qué pasa con Nix?»
«Nix puede ayudarnos».
Fue lo único que dijo, y con una mirada cómplice a Daimón alcanzó para que este tomará el teléfono y la llamara: «Loca, necesito tu ayuda, ¿dónde andas? ¿Eh? No, pará, escúchame. Necesito que vengas a lo de Liliana... ¡NECESITO QUE VENGAS YA LOCA, TOMATE UN TAXI!» Zelo tomó el teléfono y le dijo a Nix que la necesitaban urgente: «Mateo secuestró a Judá».
Zelo se me acercó y me dio el celular: «Pasale la dirección que no sabe llegar», y así lo hice.
En los 10 minutos que demoró Nix en llegar Daimón se sentó y nos explicó lo más que pudo lo que pasaba. Tanto Zelo como Nix, que eran primos hermanos, descendían de un antiguo clan de nombre raro, al cual se le adjudicaban habilidades especiales. Al parecer habían existido cinco clanes diferentes. Todos con habilidades características. Al de Zelo y Nix se los conocía como «Los Rastreadores», eran aquellos que desarrollaban habilidades para la caza, y la tortura de personas. Al parecer sus antepasados habían sido expertos asesinos, y nadie lograba escaparse de ellos. Zelo había desarrollado una hiper-expresión de la empatía. Logrando sentir y ver lo que otros. Una habilidad que de seguro habría sido muy útil para este Clan de asesinos. Nix por su parte tenía la habilidad propia de saber dónde habían estado las personas. Al parecer lograba entrar en la mente de ellos y rastrear sus pasos hasta encontrar donde habían estado, o en este caso, donde estaban. Para ello necesitaba tener a Judá en frente, lo cual no era posible. Pero como había dicho Daimón: «No es necesario. Tenemos a la mente de Judá justo allí» mientras señalaba a Zelo.
«Mucha información» murmuré. Me levanté y me fui a la cocina. Descubrir que los X-men de Marvel eran reales no fue tan genial como uno podría creer, por el contrario; el nivel de bizarreada y pelotudez que envolvían era tal que no sabía si reírme o llamar al 911 y pedir auxilio.
«Lili, ¿estás bien?»
«Si» mentí, «solo vine a buscar algo para el dolor de cabeza, ¿vos querés?»
«Okey» había respondido Yaco mientras tomaba de mi mano la pastilla.
Los 10 minutos terminaron en ese preciso instante, y sonó el timbre de entrada.
«Llegó Nix» dijo, y salió de la cocina directo al comedor.
Cuando salí de la cocina, Nix estaba sentada y Daimón ya le había explicado la mitad de lo que había pasado. Le serví un vaso de agua que no había pedido a Ariel, me lo agradeció y me senté. «Pensé que ya no podías hacerlo» le decía Nix a Zelo. «También yo», respondió.
«Intentá conectarte de nuevo Zelo, necesito la mente de Judá para encontrarlo».
«¿Y qué vamos a hacer luego de saber dónde están? ¿Llamar a la policía?»
Nadie respondió. La pregunta de Ariel había sido retórica: por supuesto que no podíamos llamar a la policía; cómo íbamos a explicar que sabíamos dónde estaban, y qué había pasado. No teníamos más pruebas que la certeza de que lo que Zelo decía era cierto, y no podíamos contar con que la policía compartiera nuestra fe.
«¿Estaba Mateo solo?», pregunto Yaco: «Porque si estaba solo, podemos ir nosotros seis y listo. Creo que podemos manejarlo. El tema es que si no está solo, o si está armado...» No terminó la idea, todos sabíamos que de ser el caso las probabilidades de que todo se fuera al carajo eran exponencialmente mayores.
«No lo sé, no logro recordar más que la cara de Mateo, y el dolor. Pero alguien más habló, no sé quién».
«Intentá conectarte con él Zelo».
«¡Eso hago! Pero no sé cómo. ¡No sé cómo hacerlo!»
Zelo se levantó, exasperado. Podía ver que estaba asustado. Todos lo estábamos.

«Intentá pensar en él», le dije. «y calmáte. Tenés que estar calmo para encontrarlo, sino te vas a nublar. Haceme caso».
«No es tan fácil», me decía mientras se sentaba. 
Lo conocía hace 18 años, más que nadie allí, y quizá por eso era la única capaz de leer más allá de sus expresiones: sabia que estaba al borde de las lágrimas. Zelo había generado un lazo especial con Judá, una dependencia casi patológica; él mismo me lo había dicho, por eso se habían peleado. 
Zelo, en un intento estúpido de protegerse y protegerlo, se había vuelto cínico en todo aquello que envolviera a Judá. «La reacción propia de un niño», había dicho aquella noche en casa mientras me contaba todo, llorando; angustiado como nunca lo había visto. Fue allí que pude ver más allá de lo que decía. No era un simple lazo, una simple atadura lo que sentía: realmente lo quería. «Es estúpido. Apenas si lo conozco... pero siento que ha estado allí siempre. Y me entiende, boluda. Me entiende cuando nadie me entiende. Es lo más cercano a un amigo que tengo, uno de verdad», había dicho.
«Sé que no es fácil, por eso es que tienes que calmarte. ¿Te acordás lo que nos decía Palas?»
«"Tener la mente en blanco no es ‘no pensar’: es pensar en nada", lo sé Nix, lo sé».
Se sentó a mi lado y cerró los ojos. «Respirá profundo», le susurré al oído.
Zelo había dejado de usar sus habilidades hacia unos seis años. Palas era algo así como nuestro mentor. Después de clase Zelo y yo nos íbamos juntos a la casa de Palas, y allí permanecíamos hasta después de la merienda; desde niños lo hacíamos. Íbamos, hacíamos los deberes y nos concentrábamos en controlar nuestras habilidades.
Nunca fue sencillo para Zelo hacerlo. Nunca fue sencillo para mí tampoco, pero para Zelo era especialmente difícil, así también fundamental, controlar sus habilidades. Él no solo podía sentir lo que sentía el otro, ni ver ni oír lo que el otro, sino también hacerle ver, oír o sentir lo que él quisiera. Esto lo había vuelto sumamente sensible a los dolores ajenos, y al no poder controlarlo decidió renunciar a todo, negar en su mente siquiera la posibilidad de utilizar su don. En ese entonces Zelo se había convertido en una roca sin emociones. Siempre sentí cierta lástima por él. Así que lo apoyé cuando simplemente decidió olvidar. Palas lo hizo, bloqueo de alguna manera sus habilidades en algún lejano rincón de su inconsciente.
Miré a Daimón, y le hice señas para que se dirigiera a la cocina. Se levantó, y sigilosamente me acompañó a la habitación de al lado.
«¿Sabias que Zelo había vuelto a usar sus habilidades?», le pregunté con un poco más de ímpetu que el necesario.
«Por supuesto que no. Desde aquella vez en el liceo, que le hizo eso a Luca nunca más lo vi usarlo. Ni siquiera sabía que podía hacerlo. Pensé que El Consejo le había pedido a Palas que lo bloqueara».
«Así fue», confirmé, «me alegra que haya podido usarlo, pero no entiendo como... quizá funcione como un grito de auxilio», me apresuré a conjeturar.
«¿Por el vínculo entre ellos decís? Puede ser, no lo sé».
«¿Qué sabemos de Mateo?»
«Nada», respondió. «Lo último que sabía era que estaba internado. Zelo lo había comentado».
Asentí en aprobación, también yo estaba al tanto de eso. Así que no sabíamos cuando lo habían soltado, ni si lo habían soltado.

«¿Crees que se escapó?» murmuró nuevamente por lo bajo.
«No tengo ni idea Nix», le respondí. «Solo sé lo que ya te dije, que Mateo tiene a Judá. Y ya sabemos que quiere hacerle. Sigue enojado por lo de Nina». Nina había sido la novia de Judá hasta hacía un par de meses. Había ganado una beca para seguir sus estudios en Holanda, y allí se encontraba ahora. «Mateo juró matarlo por eso».
«Estaba loco por ella, ¿no?»
«Esta loco, Nix, punto. Es un desquiciado de mierda que tiene que estar muerto...», me detuve en seco en pleno pensamiento, Nix también quedó en silencio. Al parecer ambos habíamos escuchado lo mismo. El grito ahogado de Zelo que solo podía significar una cosa: había logrado conectarse con Judá.
Corrimos al comedor, Ariel y Yaco estaban a ambos lados de Zelo, e intentaban mantenerlo sobre el sofá para que no cayera al suelo. Nix se apresuró y se puso frente a él, tomó su cabeza con las manos y cerró los ojos.
Los labios de Zelo se movían en silencio, quizá Judá estaba hablando; eso era positivo, significaba que Mateo no le había hecho tanto daño. No aún al menos.
Nix comenzó a temblar. El clima de la habitación cambió al instante. La imagen daba miedo, y la tensión del momento se transformó en temor y expectativa. Ambos, Nix y Zelo, elevaron la vista al techo y con los ojos blancos comenzaron a mover los labios al unísono. Nix lo había logrado. Pero de un segundo al otro, el rostro de Zelo giro como si golpeado por un puño invisible y terminó en el suelo, aun pese a que Yaco y Ariel lo mantenían agarrado de ambos brazos. Escupió sangre por segunda vez, y quedo temblando en el suelo.
Nix se tomó la cabeza con ambas manos e intentó calmarse. Zelo se irguió con dificultad del suelo y miró a Nix suplicante: «¿Pudiste verlo? Decíme por favor que lo encontraste. No sé cuánto más pueda aguantar...» Todos entendimos que no se refería a él, sino a Judá. Mateo lo estaba golpeando. Y por el daño que le había causado a Zelo, lo estaba golpeando muy fuerte.
La respuesta de Nix podía leerse en su rostro. Sus ojos se habían humedecido de angustia. La mirada suplicante de Zelo no se apaciguó: necesitaba una respuesta.
«No sé dónde está», dijo Nix en derrota. «Lo agarraron apenas salió de su casa y perdió el conocimiento. Cuando volvió a sí, ya estaba en la habitación que vos viste Zelo. No sé dónde es, no puedo encontrarla...»
«¡Tenemos que hacer algo!» gritó Yaco, fuera de sí. Sus ojos se llenaron de lágrimas de impotencia: «¡Lo qué sea! Llamar a la policía. ¡Qué rastreen su teléfono aunque sea!»
«¡Eso es!», dijo Ariel. Todos lo miramos sin entender a qué se refería. «¡Es el siglo XXI gurises! Podemos rastrear el celular de Judá. Si tiene el GPS activado podemos saber dónde está»
«¿Y si tiene el celular apagado?»
«Liliana tiene razón», agregué: «Judá tiene el celular apagado. Intentamos llamarlo varias veces y siempre iba directo al correo de voz».
«¿Y si probamos con el teléfono de Mateo?, él no lo tiene apagado. Lo sé porque lo vi», Zelo miró a Ariel a la espera. 
«No veo por qué no», respondió. «Solo necesitamos saber el número, es todo lo que necesito»
«¿Alguien tiene el número de Mateo?» preguntó Nix. Ariel ya había ido a buscar su computadora, y tecleaba en ella algún código, supongo, para ubicar el móvil.
«Mariana lo tiene», murmuré.

Apenas lo dijo, noté el dolor de su mirada. Toda esta reunión había sido por eso mismo, aunque nadie lo había dicho a ciencia cierta, todos lo sabíamos: estábamos aquí para que Daimón se distrajera de Mariana, su ex.
«Yo la llamo Daimón», le dije. Él negó con la cabeza. «Yo la llamo Yaco, gracias...»
Tomó el celular y desapareció tras la puerta de la cocina.
«¿Estás bien?», le preguntó Liliana a Zelo. Él asintió con la cabeza quitándole importancia a la sangre de su rostro. Obviamente Mateo estaba haciendo de las suyas con Judá. El muy hijo de puta de seguro lo tenía atado, y le pegaba, conociendo lo cagón que es. Zelo sangraba por el labio, y se agarraba el abdomen con el dolor transparente en su rostro. Si Zelo estaba así, y solo se había conectado minutos con Judá, no quería ni pensar lo que él estaba pasando.
Daimón volvió a la habitación y le pasó el móvil a Ariel, quién lo tomó y digitó algo en su computadora. «¡Lo tengo!, están a unas cuadras de acá». Dio vuelta la pantalla y nos mostró la dirección en el mapa. Era cierto: estábamos a 5 cuadras de allí. Todos nos levantamos a la vez y nos dirigimos a la puerta de calle sin siquiera parar a pensar. Judá estaba muy malherido, y el desquiciado de Mateo quería matarlo. No teníamos tiempo para pensar nada.
Zelo corría delante nuestro, con una velocidad sorprendente para el dolor que sentía en el cuerpo. Nix le seguía el paso. Atrás de ellos íbamos todos nosotros, también corriendo. Ariel llevaba la computadora en sus manos y nos iba indicando hacia dónde ir.
«¡Una cuadra hacia arriba, por la próxima!».
No sé cómo pero luego de ver un par de veces la cuadra, tanto Nix como Zelo corrieron a la puerta de una de las casas. Sin la ayuda del GPS, porque podía ser cualquiera de ellas, y rompieron la puerta de una patada. Antes de que a nosotros siquiera nos diera tiempo a entrar, se sintieron detonaciones y gritos de pánico. La computadora calló de las manos de Ariel, y yo quedé paralizado de miedo. Liliana y Daimón siguieron adelante y me apremiaron desde la puerta de la casa: «¡YALO, LLAMÁ AL 911!», eso me hizo caer en cuenta de dónde estaba, y mientras entraba a la casa, discaba 911.
«911, ¿cuál es su emergencia..?»

Me desperté cómodamente acostado en la cama de un hospital. No me fue difícil distinguir ese hedor inconfundible, «el olor propio del médico», pensé.
«Se despertó», dijo alguien a mi lado. 
«¿Yaco, sos vos?», pregunté. Así era: Yaco, Liliana, Daimón y Zelo.
«Hola», murmuré.
«Hola hijo de puta» dijo Daimón, «nos diste un cagazo de puta madre, ¿cómo estás?»
«Hecho pija». En efecto, si bien me sentía adormecido; podía notar un intenso dolor, en la zona del abdomen. «¿Qué dijo el médico?», pregunté.
Esta vez fue Liliana quien respondió: «El muy hijo de puta te rompió una costilla, pero el resto es superficial. Vas a estar bien».
Así que ese era el dolor que sentía, una costilla rota: «No está tan mal», pensé.
«Podría ser peor...»
«Podría estar muerto», asentí.
Nix y Ariel entraron en la habitación.
«Despertaste», sonrió Nix.
«Te hicieron pija man», comentó Ariel mientras sonreía. Pude ver su alivio al verme.
Miré a Zelo.
«Che..., ¿les jode si hablo un toque con Zelo?». Nadie se opuso, de hecho parecía que todos estaban esperándolo. Apenas comencé a hablar ya se habían comenzado a ir. Ya una vez solos le dije: «Me encontraste».
«Ariel lo hizo de hecho», dijo mientras cerraba la puerta. «Nix no te pudo encontrar... no somos infalibles».
«Te quería agradecer, y pedir disculpas...»
«No...», me interrumpió. «No es necesario hablar botija. Yo sé, vos sabés. Y sabemos que sabemos. Ya fue».
Me reí: «"Sabemos que sabemos", ¡dale Sócrates: "solo sé que no sé nada"!».
Rió con ganas, y el alivio le inundó el pecho.
«La próxima vez», dijo mientras se acomodaba a un lado de la cama, «si tenés ganas de hablar, mándame un mensaje, pajero. No esperes a que te secuestre un psicótico de mierda e intente matarte».
«Ah, ¿no era necesario?», ironicé: «Lo tendré en cuenta para la próxima, entonces».