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22 dic. 2015

Hablá Ema...

Desde mi cómoda posición podía observar con atención su rostro flamante por la resplandeciente luz solar que lo inundaba todo. Mi cabeza, estrategicamente posicionada en sus faldas; y acurrucada en sus hermosas y tibias manos me llenaba de la más completa paz.

— Tengo amigos que no son amigos — murmuré por lo bajo. Ella me olló: «Mmh..», respondió distraída. Sus ojos se posaron en los míos, y el aliento que conservaba en mis pulmones salió abrupto de mi cuerpo. ¿Cómo es posible que exista en este mundo tanta belleza en un solo ser? Me pregunté atónito. Su mirada seguía inyectada en la mía, e intentaba introducir en mi mente aquella pregunta...

— Nada — fue lo único que logré conjurar.

— ¿Tenes amigos que no son amigos? — Me preguntó distraída, mientras volvía a posar sus ojos en aquello que segundos antes la mantenía ocupada. Su mano acarició mi mejilla de forma suave y tenue, y en un gesto involuntario se me erizaron todos los vellos del cuerpo.

— Así es.

— ¿Y que vendría a significar eso?

— No lo sé...

El silencio me incitó a cerrar los ojos y disfrutar del momento; la calidez del sol sobre mi cuerpo, sus manos cálidas acariciando mi rostro. Aún así podía sentir incandescer su belleza inigualable que brillaba casi con luz propia.

— Hablá Ema, ¿qué te pasa?

Una densa nube se interpuso entre nosotros y el sol, y la brisa que corría en la tarde comenzó a enfriar la calidez del momento. Fue la brisa, o su tono. Estaba preocupada, podía notarlo.

¿No nos pasa a veces que la mente nos juega trucos, y que evitamos por todos los medios, y todas las formas, hacerle frente a la realidad? ¿No es también usual, que el mundo de los sueños, ese en el que podemos ser siempre aquello que deseemos, sea siempre más seductor que la vida misma? ¿No es más fácil, sucumbir a las destrezas del inconsciente para enfrentar todo aquello que nos aqueja?

Y con los ojos cerrados comencé a hablarle mis miedos, a ella.

* * *

No los quiero aburrir con los detalles que abruman mi mente, no son nada joviales; y no es mi intención aburrirlos también allí. Aunque tiemble de solo caer en cuenta que la vida misma me tiene deparado nada más que desgracias, aunque sufra de inalcanzables e inigualables dolores que azotan sin tregua mi alma, planeo seguir así de feliz como estuve en aquellos segundos antes de volver a desnudar mi espíritu para el simple escrutar de extraños. 

* * *
Secó mis lagrimas con la manga de su blusa, y besó mis labios con una delicadeza angelical. Mantuve los ojos cerrados en todo momento, y cuando los pude abrir, la encontré sonriéndome; no con gracia, ni con lástima: con la más humana de las sensaciones: empatía.

— Te entiendo — susurró a mi oído — a mi también me pasa.