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30 dic. 2015

Leticia

Ella apareció como si nada delante mío. Sus ojos pícaros, en su rostro angelical, me miraron desafiantes mientras se me acercaba sensualmente. Su ropa interior, su cabello, y sus ojos eran negros como el carbón. El vaso de agua tembló en mi mano, y no pude más que sonreírle, tímido. Me había puesto nervioso.

La miré y me miró. Se agachó sutilmente a tomar vaya a saber uno qué. Me dio la espalda pero no dejó de mirarme, suplicante. Noté como la excitación me inundaba el cuerpo, y las ansias de carne comenzaban a sacudirme. Me levanté de la silla y rápidamente me acerqué a ella, cual un tigre tras su gacela. Pero ella se dio vuelta y puso su mano firme frente a mi pecho. Si mirada era seria, y su sonrisa juguetona. Tomó el dobladillo de mi remera con sus manos y lentamente comenzó a quitármela. No necesitaba de mi ayuda. Mis músculos se fueron tensando uno a uno; y cuando tuve la remera sobre mi rostro, atando mis manos a lo alto: sentí como su lengua comenzaba a dibujar figuras en mi torso desnudo, y como todos los vellos del cuerpo se erizaban al unísono. Mi excitación no daba lugar a disimule; y no había intención tampoco. Mi pantalón apenas si lograba mantenerse en su sitio, necesitaba quitarlo.

Lentamente su lengua subió hasta mi pecho y quitó de mi rostro la remera. Siguió subiendo y mordió mi cuello. Aquella mordida, seguida de aquella mirada, me volvieron loco. Con mis manos, ahora si libres, la tomé de la cintura y me le acerqué al rostro, con intención de besarla. Pero no se dejó. Con una tosca brutalidad quitó mis manos de su pequeña cintura; y golpeó mi rostro con su palma. "Así no", susurró a mi oído.

La miré. ¿Qué había sido aquello? No había sido un golpe dulce. Fue fuerte y doloroso. Pero eso solo logró excitarme aún más; el jadeo de mi cuerpo se acompasaba con un respirar entrecortado. Necesitaba poseerla.

Con un dedo sobre mi pecho me empujó hacía atrás, y obediente retrocedí. Al llegar al borde de la cama hincó aún con más fuerza, obligándome a caer sobre las sábanas. Había entendido todo mal, esta vez yo no era ningún tigre: era su gacela.

Sus ojos fijos en los míos, y mis ojos fijos es su cuerpo. Sus pechos redondos, sus piernas largas y fuertes, su cabello negro y largo, lacio hasta su hermosa y pequeña cintura. Comenzó a ondular sensualmente frente a mí, y podía notar como el pantalón comenzaba a hacerme daño. Río, eso le divertía. Comenzó a desnudarse. Dejó al descubierto primero sus perfectos pechos redondos, y luego quedó totalmente desnuda, frente a mi.

La miré atónito. Su inocencia corrompida por la imagen del deseo. Necesitaba estar allí, dentro de ella. Poseerla en todos los aspectos. Pero por alguna extraña razón no lograba moverme. Ella no me lo había permitido: no aún.

Gateando en cuatro patas se acercó a mi rostro y me besó con la fiereza de seis meses de abstinencia. Tomó mi rostro con sus manos mientras mordía con fuerza mi labio inferior. Siguió besando, mi cuello, mi pecho... mientras sus uñas arañaban mi torso encarnándolo todo a su paso. Cerré los ojos en un espasmo involuntario. La perfecta combinación entre dolor y ternura; sus mordisquítos ágiles me enloquecían. Comenzaba a dolerme la cabeza, y no solo eso.

Quitó mi pantalón de un tirón y siguió arañando mis velludas piernas. Sus besos cada vez más centrados, y enfáticos habían encontrado su objetivo. Le tomé la cabeza con las manos, y se detuvo.
Las empujó detrás de mi espalda y murmuró a mi oído antes de morderlo: "¡No!"
Asentí encantado. Esta perdida inmediata del poder me excitaba aún más de lo que logro admitir. Estaba a su merced, y verla allí desafiante, con sus ojos negros; solo lograba que yo hiciera lo que ella quisiera. Hoy, yo era su esclavo, y su placer era torturarme.

Sentada sobre mí, con sus manos sobre mi pecho: comenzó a moverse con dulzura y control. Mis manos temblaban, y mis músculos se contraían en espasmos involuntarios. Cada temblor, cada espasmo, me merecían otro golpe en el rostro, otro arañazo profundo; y entre dolor, entre gotas de sangre y sudor, estaba encantado.