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22 abr 2016

Pseudo-app.

Hola...

Sé que probablemente no querés saber nada más sobre mi vida (¿quién quisiera?), y aunque seguís dándome a entender que todo está bien, creo conocer un poco más de lo que se dice. Sé que todo no está bien; aún así lo siento. Realmente lo siento. Seguramente no te interese esta disculpa —no creo que deba interesarte—; y seguramente digas (¿creas?) que esta disculpa no es necesaria. Pero yo sé un poco más que vos al respecto, sé un poco más que vos sobre qué sentí, cómo me siento (ahora); y lo más molesto —para mi al menos—: sé por qué lo siento.

La cosa es, nunca supe realmente como decírtelo, porque estas cosas son el tipo de cosas que destruyen una amistad. Vos sabes como decirlas —siempre sabés como decir todo (raro, ¿no?)—. Lo que importa en sí, es qué debo decir.

 Aunque traté y traté de conseguir las palabras adecuadas para manifestar este embrollo de pensamientos, emociones, imágenes, y que se yo cuanta cosa más; no lo he logrado. No puedo poner en esta pseudo-app. todo lo que ronda en mi cabeza, todo eso que es necesario que entiendas, para que entiendas realmente cómo y por qué. Las cosas importantes no fueron hechas para ser escritas, sino para ser dichas face to face, aunque lo intenté: In a word, I was too cowardly to do what I knew to be right, as I had been too cowardly to avoid doing what I knew to be wrong.

Sé que probablemente no tengas tiempo para juntarte conmigo y hablar; pero si en algún futuro cercano, existe la posibilidad, las ganas y el tiempo de juntarnos, te agradecería que me avisaras.

No voy a ir este sábado como sabrás —ya sabías; obvio que sabías—: no puedo.

Best wishes! 

Yo.


P.D.: La cita es de Charles Dickens. (Great Expectations), si no lo leíste, leélo. Lo recomiendo.


5 abr 2016

El jueves no puedo

Era ese jueves donde las cosas iban a resolverse para bien, o para mal. Ambos iban a encontrarse a hablar de todo eso que no se habían dicho, pero que mantenían en su interior. Era lo necesario, hablarlo, sacarlo, entenderse o entenderlo; y ver si la relación ameritaba una continuidad o, por el contrario, permitía su tranquila y pacifica disolución.

Es impresionante la cantidad de cosas que se pueden acumular, y se pueden no hablar, y se pueden digerir en unos meses. Él —el que conozco— mantenía un rencor que se asemejaba al absurdo. Y no podemos negarlo; es quizá hasta lógico que sintiera eso porque, ¿no es acaso un amigo, aquél con el que se puede contar, en todo momento y lugar?, ¿no es aquél, que de ser necesario, hablará y repetirá las cosas hasta el cansancio con tal de que no hayan malos entendidos?, ¿no es aquél —pregunto porque ignoro— que mantiene sus promesas; más cuando estas rezaban: «nunca nos aislaremos del grupo antes de hablar las cosas»?

Es compleja —la amistad— como concepto, como entidad y como institución. Es compleja, robusta, confusa, revelde e independiente. Es sincera y llena de blancas mentiras. Es un millar de cosas.

La cuestión era que ese jueves las cosas se iban a hablar, y para bien o para mal se solucionarían. Ese jueves iba a ser el inicio de lo que habrían de convertirse en una sesión de charlas. Porque no era solo él —el que conozco—, quién mantenía rencores escondidos, y dolores sobreexpuestos; él es tan solo uno de esos que sufren en silencio, y crean demonios en las penumbras de lo que se creé decir, pero nunca se dice. Uno de los tantos que se enojan, refunfuñean y putean ante la ignorancia de lo que el otro siente... era uno más de esos tantos que habían.

Ese jueves no se juntaron a hablar. El otro no respondió; mostró el desinterés que se esperaba, y nunca apareció para hablar. Ese jueves no hablaron, y por tanto, nunca más lo harán.

Si no quiere ya fue me parece. No voy a rogar juntarme con él.

23 feb 2016

Manzanilla y menta verde.

...y entonces el gordo idiota aplastó el culo en su silla. Le sonreí con condescendencia y comencé la sesión.   
     — Comencé a hacer ejercicio.— me dijo con un orgullo poco disimulado. Arqueé las cejas en autentica sorpresa. «Ah, ¿si? ¡Qué bueno!». "El gordo se jacta de hacer ejercicio", anoté.
     — Si, la verdad que me agota; pero creo que me hace bien. Es como que todo el cuerpo queda extenuado pero es placentero. Te sientes bien contigo mismo cuando terminas.
     Siguió sonriendo, y asentí con la cabeza. "Como no la pone hace años, se emociona al hacer ejercicio. Gordo infeliz".
     — Bueno, contame: ¿Cómo te decidiste por empezar a hacer ejercicio?
     — Conocí a una chica.— respondió.
     Lo miré con una mueca de descontento en la cara, que a duras penas logré disimular en una sonrisa. «Guaaau... una chica... ¡Qué bueno Martín!» tragué saliva y anoté "El gordo hijo de puta no sabe que es puto" «Contame, ¿dónde la conociste?»
     La verdad que no tengo la más puta idea que fue lo que dijo. Me costaba creerle que un gordo tan incogible como este tuviera una mina que le haya dado bola. Es un gordo desagradable, inseguro, antipático, antisocial... es un gordo de mierda.
     — ...y cuando nos vimos en el bar yo estaba un poco nervioso...

Miré el reloj. Solo 20 minutos más. Volví a mirarlo y asentir con la cabeza. "Puto tragaleche", "hermafrodita del orto". Intenté que le lapicera se deslizara con gracia y sutileza por el papel. Seguí sonriendo.
     — ¿Qué le parece Doctor?
     — ¿Mmhh? — respondí inconscientemente. «Por supuesto que sí», me apresuré a agregar.
     — ¿Le parece, realmente? — Su mirada denotaba inseguridad. Otra vez esa inseguridad del orto.
     — Por supuesto que sí, Martín. Por supuesto.
"Ojalá se suicide". Nos quedamos en silencio unos minutos...
    — Bueno Martín son $ 1500, no sé si te llegó mi mensaje de que subió la consulta... el gremio, viste como es.
     — Ahh.. emm.. no, pero ya le pago en seguida Doctor. ¿Nos vemos el próximo miércoles?
     — En efecto Martín; en efecto.

19 feb 2016

Copa3

Exhaló sonoramente: «¿De qué me querías hablar?», preguntó.
Me acomodé en el banquito de piedra y con las manos entre las rodillas contemplé la posibilidad de decirle la verdad. Lo miré. Hacía tiempo que no me animaba a mirarlo. Él me miró y se acomodó incómodo. Bajé los ojos al suelo y me sonreí: él ya lo sabía.

El silencio siguió creciendo entre nosotros, pero no era incómodo, ni molesto; las cosas se estaban diciendo, al no decirlas. Él esperó, paciente, sentado a mi lado, tenso y expectante.

— Ya sabés de que quería hablarte.— Dije al fin. Su silencio respondió por él, y volví a sonreírme, con cierta tristeza. «Hace tiempo que pienso cómo mierda enfrentarte... y mirarte a los ojos... y decirte esto; para que lo entiendas. Yo solo necesito que lo entiendas, que entiendas por qué no puedo estar cerca tuyo, por qué no puedo hablarte, ni mirarte, ni reírme contigo, ni abrazarte cuando llegas, ni saludarte cuando me voy... porque me hace mierda. Y no es que quiera, yo nunca quise. Nunca quise que me pasara esto. Nunca quise sentir, esto que siento... y estoy feliz; yo sé que estoy feliz. Por vos. Por ella, porque es hermosa, y es perfecta para vos, y te hace feliz, y estás mejor... porque estás mejor. Y no sé. Solo quería que supieras, para que entiendas... pero ya sé que ya sabías».

— Está bien.— Murmuró.

— Perdón, igual.

— ¿Perdón, por qué?

— Y porque es una situación de mierda esta.

Se rió sin gracia.

— Nadie elige sentir o no sentir, esas cosas pasan... es raro si, pero ta; yo te voy a seguir queriendo igual. Y te voy a seguir bancando al bocha igual.

Era mi turno de reírme. Y lo hice: «Se... ya se me va a pasar. Espero».

30 dic 2015

Leticia

Ella apareció como si nada delante mío. Sus ojos pícaros, en su rostro angelical, me miraron desafiantes mientras se me acercaba sensualmente. Su ropa interior, su cabello, y sus ojos eran negros como el carbón. El vaso de agua tembló en mi mano, y no pude más que sonreírle, tímido. Me había puesto nervioso.

La miré y me miró. Se agachó sutilmente a tomar vaya a saber uno qué. Me dio la espalda pero no dejó de mirarme, suplicante. Noté como la excitación me inundaba el cuerpo, y las ansias de carne comenzaban a sacudirme. Me levanté de la silla y rápidamente me acerqué a ella, cual un tigre tras su gacela. Pero ella se dio vuelta y puso su mano firme frente a mi pecho. Si mirada era seria, y su sonrisa juguetona. Tomó el dobladillo de mi remera con sus manos y lentamente comenzó a quitármela. No necesitaba de mi ayuda. Mis músculos se fueron tensando uno a uno; y cuando tuve la remera sobre mi rostro, atando mis manos a lo alto: sentí como su lengua comenzaba a dibujar figuras en mi torso desnudo, y como todos los vellos del cuerpo se erizaban al unísono. Mi excitación no daba lugar a disimule; y no había intención tampoco. Mi pantalón apenas si lograba mantenerse en su sitio, necesitaba quitarlo.

Lentamente su lengua subió hasta mi pecho y quitó de mi rostro la remera. Siguió subiendo y mordió mi cuello. Aquella mordida, seguida de aquella mirada, me volvieron loco. Con mis manos, ahora si libres, la tomé de la cintura y me le acerqué al rostro, con intención de besarla. Pero no se dejó. Con una tosca brutalidad quitó mis manos de su pequeña cintura; y golpeó mi rostro con su palma. "Así no", susurró a mi oído.

La miré. ¿Qué había sido aquello? No había sido un golpe dulce. Fue fuerte y doloroso. Pero eso solo logró excitarme aún más; el jadeo de mi cuerpo se acompasaba con un respirar entrecortado. Necesitaba poseerla.

Con un dedo sobre mi pecho me empujó hacía atrás, y obediente retrocedí. Al llegar al borde de la cama hincó aún con más fuerza, obligándome a caer sobre las sábanas. Había entendido todo mal, esta vez yo no era ningún tigre: era su gacela.

Sus ojos fijos en los míos, y mis ojos fijos es su cuerpo. Sus pechos redondos, sus piernas largas y fuertes, su cabello negro y largo, lacio hasta su hermosa y pequeña cintura. Comenzó a ondular sensualmente frente a mí, y podía notar como el pantalón comenzaba a hacerme daño. Río, eso le divertía. Comenzó a desnudarse. Dejó al descubierto primero sus perfectos pechos redondos, y luego quedó totalmente desnuda, frente a mi.

La miré atónito. Su inocencia corrompida por la imagen del deseo. Necesitaba estar allí, dentro de ella. Poseerla en todos los aspectos. Pero por alguna extraña razón no lograba moverme. Ella no me lo había permitido: no aún.

Gateando en cuatro patas se acercó a mi rostro y me besó con la fiereza de seis meses de abstinencia. Tomó mi rostro con sus manos mientras mordía con fuerza mi labio inferior. Siguió besando, mi cuello, mi pecho... mientras sus uñas arañaban mi torso encarnándolo todo a su paso. Cerré los ojos en un espasmo involuntario. La perfecta combinación entre dolor y ternura; sus mordisquítos ágiles me enloquecían. Comenzaba a dolerme la cabeza, y no solo eso.

Quitó mi pantalón de un tirón y siguió arañando mis velludas piernas. Sus besos cada vez más centrados, y enfáticos habían encontrado su objetivo. Le tomé la cabeza con las manos, y se detuvo.
Las empujó detrás de mi espalda y murmuró a mi oído antes de morderlo: "¡No!"
Asentí encantado. Esta perdida inmediata del poder me excitaba aún más de lo que logro admitir. Estaba a su merced, y verla allí desafiante, con sus ojos negros; solo lograba que yo hiciera lo que ella quisiera. Hoy, yo era su esclavo, y su placer era torturarme.

Sentada sobre mí, con sus manos sobre mi pecho: comenzó a moverse con dulzura y control. Mis manos temblaban, y mis músculos se contraían en espasmos involuntarios. Cada temblor, cada espasmo, me merecían otro golpe en el rostro, otro arañazo profundo; y entre dolor, entre gotas de sangre y sudor, estaba encantado.

22 dic 2015

Hablá Ema...

Desde mi cómoda posición podía observar con atención su rostro flamante por la resplandeciente luz solar que lo inundaba todo. Mi cabeza, estrategicamente posicionada en sus faldas; y acurrucada en sus hermosas y tibias manos me llenaba de la más completa paz.

— Tengo amigos que no son amigos — murmuré por lo bajo. Ella me olló: «Mmh..», respondió distraída. Sus ojos se posaron en los míos, y el aliento que conservaba en mis pulmones salió abrupto de mi cuerpo. ¿Cómo es posible que exista en este mundo tanta belleza en un solo ser? Me pregunté atónito. Su mirada seguía inyectada en la mía, e intentaba introducir en mi mente aquella pregunta...

— Nada — fue lo único que logré conjurar.

— ¿Tenes amigos que no son amigos? — Me preguntó distraída, mientras volvía a posar sus ojos en aquello que segundos antes la mantenía ocupada. Su mano acarició mi mejilla de forma suave y tenue, y en un gesto involuntario se me erizaron todos los vellos del cuerpo.

— Así es.

— ¿Y que vendría a significar eso?

— No lo sé...

El silencio me incitó a cerrar los ojos y disfrutar del momento; la calidez del sol sobre mi cuerpo, sus manos cálidas acariciando mi rostro. Aún así podía sentir incandescer su belleza inigualable que brillaba casi con luz propia.

— Hablá Ema, ¿qué te pasa?

Una densa nube se interpuso entre nosotros y el sol, y la brisa que corría en la tarde comenzó a enfriar la calidez del momento. Fue la brisa, o su tono. Estaba preocupada, podía notarlo.

¿No nos pasa a veces que la mente nos juega trucos, y que evitamos por todos los medios, y todas las formas, hacerle frente a la realidad? ¿No es también usual, que el mundo de los sueños, ese en el que podemos ser siempre aquello que deseemos, sea siempre más seductor que la vida misma? ¿No es más fácil, sucumbir a las destrezas del inconsciente para enfrentar todo aquello que nos aqueja?

Y con los ojos cerrados comencé a hablarle mis miedos, a ella.

* * *

No los quiero aburrir con los detalles que abruman mi mente, no son nada joviales; y no es mi intención aburrirlos también allí. Aunque tiemble de solo caer en cuenta que la vida misma me tiene deparado nada más que desgracias, aunque sufra de inalcanzables e inigualables dolores que azotan sin tregua mi alma, planeo seguir así de feliz como estuve en aquellos segundos antes de volver a desnudar mi espíritu para el simple escrutar de extraños. 

* * *
Secó mis lagrimas con la manga de su blusa, y besó mis labios con una delicadeza angelical. Mantuve los ojos cerrados en todo momento, y cuando los pude abrir, la encontré sonriéndome; no con gracia, ni con lástima: con la más humana de las sensaciones: empatía.

— Te entiendo — susurró a mi oído — a mi también me pasa.

7 nov 2015

No te refugies en abril.

El doloroso sentimiento que me azotaba por dentro se permeaba en lo oscuro por fuera: una oscuridad acechante que envolvía todo aquello cuanto veía. Mis ojos cerrados permitían escapar con monótona lentitud las lágrimas que se mezclaban con la lluvia en mi rostro. El frío iba en aumento. El viento que movía las perennes hojas del bosque, atropellaba mi cuerpo con descaro y sin gracia. Una agobiante angustia recobraba sus fuerzas dentro mío y congelaba todo cuanto músculo se le interponiese. Esa gélida llovizna no menguaba: no daba tregua; carcomía en mi interior con su paciencia. Es que estaba allí observando con ojos cerrados mi desnuda alma destruirse. Intenté gritar en un espasmo ahogado de desazón desmedida, pero el vacío que me rodeaba no tenía lugar para sonidos. Apenas si mis labios lograron responderme, y sentí como exhalaban el poco aire contenido. Mi cuerpo se tensó aún más a la espera de la inminente inexistencia. 
El viento arremetió más impetuosamente que antes contra mi vulnerada espalda, y liberó de mis manos aquello que fingía protegerme el cuerpo. La lluvia continuó haciendo estragos en la escena.
Volvió a mí la desesperación propia del ahogo; y aun así recostado sobre tu cama, la helada lluvia continuó atacándome; y la templanza de tu cuerpo a mi lado no lograba conformarme; y mi mano sobre la tuya no destruía la furia de aquel viento, ni retenía la compresión de ese vacío, ni deslucía la danza de aquellas hojas perennes... tan solo lograba ahondar en mí esta irremediable soledad.

5 nov 2015

Empatía.

Tenía la vista perdida en la estufa a leña. Las brasas candentes chisporroteaban entre las llamas mientras entretenían mi vista, y cegaban mi mente. Mis sentidos estaban abrumados, y la película que pasaban en la televisión no era de mi interés.
Estábamos casi todos en la casa de Liliana, como siempre; solo faltaba Judá.
«Zelo, ¿estás bien?», preguntó Ariel. «Te noto raro».
«Sí, estoy bien», mentí. «Solo estoy un poco cansado».
Ariel tenía mi edad, de ojos oscuros y pequeños, solía ser un chico más bien callado. Fingí la sonrisa más convincente que pude encontrar y se la dediqué integra. Podría ser callado, pero nunca me pareció un pibe bobo; por el contrario, parecía muy observador y eso me incomodaba un poco.
Daimón estaba tirado en el suelo, como de constumbre, leyendo algún mensaje en el celular. Nunca entendí la necesidad que tenía él de integrarme en este grupo, la única respuesta lógica que podía encontrar era lástima: que sintiera lástima por mí. Extrañamente pensar eso me confortaba, «al menos me tiene lástima».
«¿Judá viene?» preguntó Yaco, mientras se servía uno de los pocos pedazos de pizza que quedaban sobre la mesa, fríos de seguro.
«Me dijo que sí, pero viste como es... ¿lo llamo?»
«¡Qué se yo Daimón!», le respondí sin ganas. Apenas había comenzado a hablar, sus ojos de soslayo se habían enfocado en mí, eso me dio la pauta de que la pregunta era para mí, exclusivamente.
Judá y yo habíamos tenido una pequeña disputa hacía no mucho tiempo, y si bien habíamos hablado al respecto, la cosa seguía sentida.
«Llamalo», agregó Liliana.
«Directo al correo de voz. ¡Si será pelotudo que tiene el teléfono apagado!».
«Boludo, me mandó un mensaje hace no más de 10 minutos diciéndome que ya salía para acá; debe estar en viaje».
«Si, Ariel tiene razón» agregó Yaco «debe estar por llegar...»
La película seguía en la televisión, y poco a poco todos volvieron a interesarse en ella. La miré distraído, solo para hacer algo. Una chica corría por una calle a oscuras, alguien la seguía, su pelo rubio platinado, la sangre seca en su rostro... y fue allí cuando lo sentí. Fue un dolor espantoso en la boca del estómago, la vista se me nubló y perdí el aliento: me costaba respirar.
Podía escuchar voces a mi alrededor, pero no lograba identificar ninguna; abrí los ojos desesperado y lo que vi me desconcertó. La tenue resplandecencia del televisor y la estufa habían desaparecido; al parecer habían encendido la luz, pues un foco amarillo lograba cegarme más allá del suelo: lo único que lograba ver. Las voces seguían allí, hablándome, pero cada vez más y más distantes; sentí el retumbar de unas botas sobre el suelo, y mi vista se dirigió a ellas sin siquiera pensarlo.
«¡Levantáte!» escuché a un hombre gritar, y un dolor aún más agudo se hizo paso en la espalda.
«Dejá de pegarle Mateo, no vez que apenas puede respirar».
«¡VOS CERRÁ EL CULO!»
Alguien me enderezaba, mi vista nublada por el dolor apenas si logró enfocar el rostro del atacante, me costó unos instantes focalizarlo, pero apenas lo hice lo reconocí enseguida: Mateo.
«¡Zelo, Zelo! ¿Estás bien?»
«¿Liliana?» pregunté atontado. La luz había vuelto a cambiar, y ya no era Mateo quien tenía en frente. «¿Liliana?», repetí más alarmado.
«¿Estás bien?, te caíste al suelo y no respondías boludo, nos re cagamos».
No entendía que estaba sucediendo, los ojos de Ariel me miraban con un pánico que nunca había visto antes. Liliana estaba arrodillada a mi lado mientras Yaco se hacía paso con un vaso de agua. La televisión seguía encendida, la chica rubia había muerto.
«¿Qué te pasó?» preguntó Daimón. Tomé un sorbo de agua e intenté aclarar mi mente: ¿qué había sucedido? Aún recordaba la cara de Mateo, tan vívida como la de Liliana en frente mío. El dolor punzante de la espalda y estómago habían desaparecido, dejando tras de ellos más que la idea del dolor causado. ¿Qué había sido aquello?
El miedo comenzó a sacudirme; y con mi mente en blanco solo pude enhebrar un nombre: «Judá». Judá estaba en peligro.

«Necesito mi teléfono» murmuró Zelo aún desde el suelo.
«¿Zelo, estás bien? Me estas preocupando...»
«Estoy bien Liliana, necesito mi teléfono. Ariel intentá llamar a Judá, ¿te animás?» No me dio tiempo a responderle. Se levantó del suelo, tan rápido como había caído. La cara de pánico que había notado segundos antes se había transformado ahora en pura determinación y certeza.
«¡ARIEL!"
«¿QUÉ?»
«¡LLAMÁ A JUDÁ!». Me apresuré a hacerlo.
«Contestador, Zelo. ¿Qué está pasando?». Pero no me respondió.
Miré a Liliana, y ella al igual que todos, estaba desconcertada.
«Mateo tiene a Judá», dijo al fin.
«¿Cómo que Mateo tiene a Judá? ¿De qué estás hablando Zelo?»
No me respondió en seguida, su mirada perdida en algún lugar detrás mío absorbía por completo su atención. Miré a Liliana, pero tanto ella como Yaco estaban atentos a Zelo.
Zelo es raro, esa es la única realidad. No somos muy amigos; de hecho hace poco tiempo que nos conocemos. Siempre fue raro, desde el primer momento que lo vimos. Cambia de un humor alegre y molesto a una introversión alarmante. Tiende a hablar de su pasado de a buchitos, sin mucho detalle y siempre en ánimo de broma. Recuerdo claramente una vez: estábamos todos en la casa de Daimón y por alguna extraña razón comenzamos a hablar sobre las mejores formas de suicidarse. «Cortarse las venas sin lugar a dudas es una de las más dramáticas», comentó; «imáginate: te vestís de blanco, te acostás en la cama... sábanas blancas. Queda súper romántico. Romeo y Julieta un poroto». Luego, no sé bien ni como terminamos hablando de la mejor forma de cortarse las venas: «¡No! Tiene que ser horizontal a la vena», había dicho Judá. «¿Horizontal, en serio?», «¡Claro! Para que se abra la vena, si lo haces perpendicular a la vena, cicatriza más rápido», había agregado Mariana, la pareja de Daimón. «Ah... ja ja ja... Con razón nunca pude matarme...»
Chistes como esos un millar, pero siempre en sátira, en broma. Nunca lo había visto tan serio: tan asustado.
«Zelo» murmuró Daimón desde el otro lado de la habitación: «¿Qué le pasó a Judá?» Su voz había sido pausada, calma; con cierto grado de entendimiento. Mi reacción, así también la de Liliana y Yaco habían sido la misma: total desconcierto. Ver que Daimón entendía lo que pasaba nos confundió aún más; más aún cuando agregó: «¿Lo viste?»
«No lo vi a él, vi como si fuera él: a través de sus ojos...»
«¿Viste a Mateo?»
Zelo asintió con la cabeza y Daimón se sentó pensativo. El nerviosismo nos recorrió el cuerpo, y Yaco exclamó: «¡Nos pueden explicar qué mierda está pasando?»
Daimón volvió a expresarse calmadamente sin desviar sus ojos de los restos de pizza en la mesa: «Zelo, es...» parecía no encontrar la palabra adecuada para describirlo, «...sensible» dijo al fin: «el puede ver, o sentir cosas que están pasando en otro lugar... o mejor dicho: que le están pasando a otras personas» refutó. «pero pensé que ya no te pasaba más».
«No lo hacía» murmuró Zelo: «hace tiempo que no me pasa. Pero ese dolor, creo que Judá me llamó de alguna manera. Por eso pude sentirlo, y verlo. Está en peligro. Mateo lo tiene en algún lado...»
Desde que Mateo había sido nombrado, una suerte de pánico que no reconocí me había inundado el cuerpo. Mateo estaba loco. Hacía 3 años él y Judá habían discutido por una gurisa a la salida del liceo. «Discutido» es la versión sutil de: «Se cagaron a piñas». En medio de la pelea Mateo había sacado un cuchillo y lo había lastimado a Judá y ya malherido y tirado en el suelo intentó rematarlo. Si no fuera porque Yaco salto en defensa de Judá probablemente lo hubiera matado. Lo último que supimos de él fue que había quedado internado en un psiquiátrico. Zelo lo había conocido allí mismo, mientras hacía su pasantía. Poco después se vino a enterar de quién era.
«¡Ahh!» el grito ahogado de Zelo rompió el silencio en el cual estábamos. Daimón se levantó alarmado. Los ojos de Zelo habían vuelto a desenfocarse, y pude notar ahora que no tenían iris ¡Estaban completamente blancos! Tirado en el suelo continuó gimiendo hasta que habló con la voz ronca, sonó como un grito a lo lejos: «¡LA CONCHA DE TU HERMANA MATEO, SOLTAME..!», otro grito ahogado lo había interrumpido, y mientras se levantaba, un hilo de sangre le corría por el labio; no lo noté hasta que escupió. Se irguió agitado, y miró a Daimón con el mismo pánico que teníamos todos. No entendíamos bien qué pasaba; ni cómo estaba pasando. Pero algo era claro: Judá estaba en grave peligro y si no lo ayudábamos probablemente Mateo lo mataría.

Apenas me levanté del suelo inmundo volví a putearlo. No fue inteligente, apenas lo hice volvió a golpearme y sentí más sangre inundando mi boca. «¿Qué querés?», le dije con todo el desprecio que fui capaz de invocar es ese estado de pánico y dolor constante que tenía. Le tenía miedo, muchísimo. El pedazo de hijo de puta ya había intentado matarme antes, y si no fuera por Yaco lo habría logrado.
«¿Qué quiero?», dijo con voz burlona: «Quiero verte muerto, pero no... no tengas miedo, no te voy a matar tan rápido. Te voy a hacer sufrir, y te voy a hacer mierda...», con cada palabra se había ido acercando cada vez más a mí hasta escupirme el rostro, y pude notar en sus ojos el desprecio y la locura que emanaban. Se rió. «¿Tenés miedo? Así que ahora me tenés miedo. El pequeño Judá me tiene miedo... ja ja ja». No le respondí, no le iba a dejar notar que su jueguito de psicótico estaba dando resultados. Solo pude cerrar los ojos y aferrarme a la idea de que Zelo y Nix iban a encontrarme. No sé por qué y no sé cómo, pero sabía que Zelo estaba conmigo en ese momento.

«Nix» murmuró Zelo. Habíamos estado intentando llamar al celular de Judá hacía ya un rato, y el pánico que sentíamos solo iba en aumento. ¿Cómo íbamos a encontrar a Mateo? Sabíamos que Judá no estaba muerto, porque Zelo aún lo sentía, pero estábamos tan cerca de encontrarlo como de entender que mierda estaba pasando. Aún no entiendo cómo pude zambullirme a una idea tan absurda, pero si Zelo realmente podía sentir a Judá, encontrarlo era posible.
«¿Nix?» cuestionó Ariel: «¿Qué pasa con Nix?»
«Nix puede ayudarnos».
Fue lo único que dijo, y con una mirada cómplice a Daimón alcanzó para que este tomará el teléfono y la llamara: «Loca, necesito tu ayuda, ¿dónde andas? ¿Eh? No, pará, escúchame. Necesito que vengas a lo de Liliana... ¡NECESITO QUE VENGAS YA LOCA, TOMATE UN TAXI!» Zelo tomó el teléfono y le dijo a Nix que la necesitaban urgente: «Mateo secuestró a Judá».
Zelo se me acercó y me dio el celular: «Pasale la dirección que no sabe llegar», y así lo hice.
En los 10 minutos que demoró Nix en llegar Daimón se sentó y nos explicó lo más que pudo lo que pasaba. Tanto Zelo como Nix, que eran primos hermanos, descendían de un antiguo clan de nombre raro, al cual se le adjudicaban habilidades especiales. Al parecer habían existido cinco clanes diferentes. Todos con habilidades características. Al de Zelo y Nix se los conocía como «Los Rastreadores», eran aquellos que desarrollaban habilidades para la caza, y la tortura de personas. Al parecer sus antepasados habían sido expertos asesinos, y nadie lograba escaparse de ellos. Zelo había desarrollado una hiper-expresión de la empatía. Logrando sentir y ver lo que otros. Una habilidad que de seguro habría sido muy útil para este Clan de asesinos. Nix por su parte tenía la habilidad propia de saber dónde habían estado las personas. Al parecer lograba entrar en la mente de ellos y rastrear sus pasos hasta encontrar donde habían estado, o en este caso, donde estaban. Para ello necesitaba tener a Judá en frente, lo cual no era posible. Pero como había dicho Daimón: «No es necesario. Tenemos a la mente de Judá justo allí» mientras señalaba a Zelo.
«Mucha información» murmuré. Me levanté y me fui a la cocina. Descubrir que los X-men de Marvel eran reales no fue tan genial como uno podría creer, por el contrario; el nivel de bizarreada y pelotudez que envolvían era tal que no sabía si reírme o llamar al 911 y pedir auxilio.
«Lili, ¿estás bien?»
«Si» mentí, «solo vine a buscar algo para el dolor de cabeza, ¿vos querés?»
«Okey» había respondido Yaco mientras tomaba de mi mano la pastilla.
Los 10 minutos terminaron en ese preciso instante, y sonó el timbre de entrada.
«Llegó Nix» dijo, y salió de la cocina directo al comedor.
Cuando salí de la cocina, Nix estaba sentada y Daimón ya le había explicado la mitad de lo que había pasado. Le serví un vaso de agua que no había pedido a Ariel, me lo agradeció y me senté. «Pensé que ya no podías hacerlo» le decía Nix a Zelo. «También yo», respondió.
«Intentá conectarte de nuevo Zelo, necesito la mente de Judá para encontrarlo».
«¿Y qué vamos a hacer luego de saber dónde están? ¿Llamar a la policía?»
Nadie respondió. La pregunta de Ariel había sido retórica: por supuesto que no podíamos llamar a la policía; cómo íbamos a explicar que sabíamos dónde estaban, y qué había pasado. No teníamos más pruebas que la certeza de que lo que Zelo decía era cierto, y no podíamos contar con que la policía compartiera nuestra fe.
«¿Estaba Mateo solo?», pregunto Yaco: «Porque si estaba solo, podemos ir nosotros seis y listo. Creo que podemos manejarlo. El tema es que si no está solo, o si está armado...» No terminó la idea, todos sabíamos que de ser el caso las probabilidades de que todo se fuera al carajo eran exponencialmente mayores.
«No lo sé, no logro recordar más que la cara de Mateo, y el dolor. Pero alguien más habló, no sé quién».
«Intentá conectarte con él Zelo».
«¡Eso hago! Pero no sé cómo. ¡No sé cómo hacerlo!»
Zelo se levantó, exasperado. Podía ver que estaba asustado. Todos lo estábamos.

«Intentá pensar en él», le dije. «y calmáte. Tenés que estar calmo para encontrarlo, sino te vas a nublar. Haceme caso».
«No es tan fácil», me decía mientras se sentaba. 
Lo conocía hace 18 años, más que nadie allí, y quizá por eso era la única capaz de leer más allá de sus expresiones: sabia que estaba al borde de las lágrimas. Zelo había generado un lazo especial con Judá, una dependencia casi patológica; él mismo me lo había dicho, por eso se habían peleado. 
Zelo, en un intento estúpido de protegerse y protegerlo, se había vuelto cínico en todo aquello que envolviera a Judá. «La reacción propia de un niño», había dicho aquella noche en casa mientras me contaba todo, llorando; angustiado como nunca lo había visto. Fue allí que pude ver más allá de lo que decía. No era un simple lazo, una simple atadura lo que sentía: realmente lo quería. «Es estúpido. Apenas si lo conozco... pero siento que ha estado allí siempre. Y me entiende, boluda. Me entiende cuando nadie me entiende. Es lo más cercano a un amigo que tengo, uno de verdad», había dicho.
«Sé que no es fácil, por eso es que tienes que calmarte. ¿Te acordás lo que nos decía Palas?»
«"Tener la mente en blanco no es ‘no pensar’: es pensar en nada", lo sé Nix, lo sé».
Se sentó a mi lado y cerró los ojos. «Respirá profundo», le susurré al oído.
Zelo había dejado de usar sus habilidades hacia unos seis años. Palas era algo así como nuestro mentor. Después de clase Zelo y yo nos íbamos juntos a la casa de Palas, y allí permanecíamos hasta después de la merienda; desde niños lo hacíamos. Íbamos, hacíamos los deberes y nos concentrábamos en controlar nuestras habilidades.
Nunca fue sencillo para Zelo hacerlo. Nunca fue sencillo para mí tampoco, pero para Zelo era especialmente difícil, así también fundamental, controlar sus habilidades. Él no solo podía sentir lo que sentía el otro, ni ver ni oír lo que el otro, sino también hacerle ver, oír o sentir lo que él quisiera. Esto lo había vuelto sumamente sensible a los dolores ajenos, y al no poder controlarlo decidió renunciar a todo, negar en su mente siquiera la posibilidad de utilizar su don. En ese entonces Zelo se había convertido en una roca sin emociones. Siempre sentí cierta lástima por él. Así que lo apoyé cuando simplemente decidió olvidar. Palas lo hizo, bloqueo de alguna manera sus habilidades en algún lejano rincón de su inconsciente.
Miré a Daimón, y le hice señas para que se dirigiera a la cocina. Se levantó, y sigilosamente me acompañó a la habitación de al lado.
«¿Sabias que Zelo había vuelto a usar sus habilidades?», le pregunté con un poco más de ímpetu que el necesario.
«Por supuesto que no. Desde aquella vez en el liceo, que le hizo eso a Luca nunca más lo vi usarlo. Ni siquiera sabía que podía hacerlo. Pensé que El Consejo le había pedido a Palas que lo bloqueara».
«Así fue», confirmé, «me alegra que haya podido usarlo, pero no entiendo como... quizá funcione como un grito de auxilio», me apresuré a conjeturar.
«¿Por el vínculo entre ellos decís? Puede ser, no lo sé».
«¿Qué sabemos de Mateo?»
«Nada», respondió. «Lo último que sabía era que estaba internado. Zelo lo había comentado».
Asentí en aprobación, también yo estaba al tanto de eso. Así que no sabíamos cuando lo habían soltado, ni si lo habían soltado.

«¿Crees que se escapó?» murmuró nuevamente por lo bajo.
«No tengo ni idea Nix», le respondí. «Solo sé lo que ya te dije, que Mateo tiene a Judá. Y ya sabemos que quiere hacerle. Sigue enojado por lo de Nina». Nina había sido la novia de Judá hasta hacía un par de meses. Había ganado una beca para seguir sus estudios en Holanda, y allí se encontraba ahora. «Mateo juró matarlo por eso».
«Estaba loco por ella, ¿no?»
«Esta loco, Nix, punto. Es un desquiciado de mierda que tiene que estar muerto...», me detuve en seco en pleno pensamiento, Nix también quedó en silencio. Al parecer ambos habíamos escuchado lo mismo. El grito ahogado de Zelo que solo podía significar una cosa: había logrado conectarse con Judá.
Corrimos al comedor, Ariel y Yaco estaban a ambos lados de Zelo, e intentaban mantenerlo sobre el sofá para que no cayera al suelo. Nix se apresuró y se puso frente a él, tomó su cabeza con las manos y cerró los ojos.
Los labios de Zelo se movían en silencio, quizá Judá estaba hablando; eso era positivo, significaba que Mateo no le había hecho tanto daño. No aún al menos.
Nix comenzó a temblar. El clima de la habitación cambió al instante. La imagen daba miedo, y la tensión del momento se transformó en temor y expectativa. Ambos, Nix y Zelo, elevaron la vista al techo y con los ojos blancos comenzaron a mover los labios al unísono. Nix lo había logrado. Pero de un segundo al otro, el rostro de Zelo giro como si golpeado por un puño invisible y terminó en el suelo, aun pese a que Yaco y Ariel lo mantenían agarrado de ambos brazos. Escupió sangre por segunda vez, y quedo temblando en el suelo.
Nix se tomó la cabeza con ambas manos e intentó calmarse. Zelo se irguió con dificultad del suelo y miró a Nix suplicante: «¿Pudiste verlo? Decíme por favor que lo encontraste. No sé cuánto más pueda aguantar...» Todos entendimos que no se refería a él, sino a Judá. Mateo lo estaba golpeando. Y por el daño que le había causado a Zelo, lo estaba golpeando muy fuerte.
La respuesta de Nix podía leerse en su rostro. Sus ojos se habían humedecido de angustia. La mirada suplicante de Zelo no se apaciguó: necesitaba una respuesta.
«No sé dónde está», dijo Nix en derrota. «Lo agarraron apenas salió de su casa y perdió el conocimiento. Cuando volvió a sí, ya estaba en la habitación que vos viste Zelo. No sé dónde es, no puedo encontrarla...»
«¡Tenemos que hacer algo!» gritó Yaco, fuera de sí. Sus ojos se llenaron de lágrimas de impotencia: «¡Lo qué sea! Llamar a la policía. ¡Qué rastreen su teléfono aunque sea!»
«¡Eso es!», dijo Ariel. Todos lo miramos sin entender a qué se refería. «¡Es el siglo XXI gurises! Podemos rastrear el celular de Judá. Si tiene el GPS activado podemos saber dónde está»
«¿Y si tiene el celular apagado?»
«Liliana tiene razón», agregué: «Judá tiene el celular apagado. Intentamos llamarlo varias veces y siempre iba directo al correo de voz».
«¿Y si probamos con el teléfono de Mateo?, él no lo tiene apagado. Lo sé porque lo vi», Zelo miró a Ariel a la espera. 
«No veo por qué no», respondió. «Solo necesitamos saber el número, es todo lo que necesito»
«¿Alguien tiene el número de Mateo?» preguntó Nix. Ariel ya había ido a buscar su computadora, y tecleaba en ella algún código, supongo, para ubicar el móvil.
«Mariana lo tiene», murmuré.

Apenas lo dijo, noté el dolor de su mirada. Toda esta reunión había sido por eso mismo, aunque nadie lo había dicho a ciencia cierta, todos lo sabíamos: estábamos aquí para que Daimón se distrajera de Mariana, su ex.
«Yo la llamo Daimón», le dije. Él negó con la cabeza. «Yo la llamo Yaco, gracias...»
Tomó el celular y desapareció tras la puerta de la cocina.
«¿Estás bien?», le preguntó Liliana a Zelo. Él asintió con la cabeza quitándole importancia a la sangre de su rostro. Obviamente Mateo estaba haciendo de las suyas con Judá. El muy hijo de puta de seguro lo tenía atado, y le pegaba, conociendo lo cagón que es. Zelo sangraba por el labio, y se agarraba el abdomen con el dolor transparente en su rostro. Si Zelo estaba así, y solo se había conectado minutos con Judá, no quería ni pensar lo que él estaba pasando.
Daimón volvió a la habitación y le pasó el móvil a Ariel, quién lo tomó y digitó algo en su computadora. «¡Lo tengo!, están a unas cuadras de acá». Dio vuelta la pantalla y nos mostró la dirección en el mapa. Era cierto: estábamos a 5 cuadras de allí. Todos nos levantamos a la vez y nos dirigimos a la puerta de calle sin siquiera parar a pensar. Judá estaba muy malherido, y el desquiciado de Mateo quería matarlo. No teníamos tiempo para pensar nada.
Zelo corría delante nuestro, con una velocidad sorprendente para el dolor que sentía en el cuerpo. Nix le seguía el paso. Atrás de ellos íbamos todos nosotros, también corriendo. Ariel llevaba la computadora en sus manos y nos iba indicando hacia dónde ir.
«¡Una cuadra hacia arriba, por la próxima!».
No sé cómo pero luego de ver un par de veces la cuadra, tanto Nix como Zelo corrieron a la puerta de una de las casas. Sin la ayuda del GPS, porque podía ser cualquiera de ellas, y rompieron la puerta de una patada. Antes de que a nosotros siquiera nos diera tiempo a entrar, se sintieron detonaciones y gritos de pánico. La computadora calló de las manos de Ariel, y yo quedé paralizado de miedo. Liliana y Daimón siguieron adelante y me apremiaron desde la puerta de la casa: «¡YALO, LLAMÁ AL 911!», eso me hizo caer en cuenta de dónde estaba, y mientras entraba a la casa, discaba 911.
«911, ¿cuál es su emergencia..?»

Me desperté cómodamente acostado en la cama de un hospital. No me fue difícil distinguir ese hedor inconfundible, «el olor propio del médico», pensé.
«Se despertó», dijo alguien a mi lado. 
«¿Yaco, sos vos?», pregunté. Así era: Yaco, Liliana, Daimón y Zelo.
«Hola», murmuré.
«Hola hijo de puta» dijo Daimón, «nos diste un cagazo de puta madre, ¿cómo estás?»
«Hecho pija». En efecto, si bien me sentía adormecido; podía notar un intenso dolor, en la zona del abdomen. «¿Qué dijo el médico?», pregunté.
Esta vez fue Liliana quien respondió: «El muy hijo de puta te rompió una costilla, pero el resto es superficial. Vas a estar bien».
Así que ese era el dolor que sentía, una costilla rota: «No está tan mal», pensé.
«Podría ser peor...»
«Podría estar muerto», asentí.
Nix y Ariel entraron en la habitación.
«Despertaste», sonrió Nix.
«Te hicieron pija man», comentó Ariel mientras sonreía. Pude ver su alivio al verme.
Miré a Zelo.
«Che..., ¿les jode si hablo un toque con Zelo?». Nadie se opuso, de hecho parecía que todos estaban esperándolo. Apenas comencé a hablar ya se habían comenzado a ir. Ya una vez solos le dije: «Me encontraste».
«Ariel lo hizo de hecho», dijo mientras cerraba la puerta. «Nix no te pudo encontrar... no somos infalibles».
«Te quería agradecer, y pedir disculpas...»
«No...», me interrumpió. «No es necesario hablar botija. Yo sé, vos sabés. Y sabemos que sabemos. Ya fue».
Me reí: «"Sabemos que sabemos", ¡dale Sócrates: "solo sé que no sé nada"!».
Rió con ganas, y el alivio le inundó el pecho.
«La próxima vez», dijo mientras se acomodaba a un lado de la cama, «si tenés ganas de hablar, mándame un mensaje, pajero. No esperes a que te secuestre un psicótico de mierda e intente matarte».
«Ah, ¿no era necesario?», ironicé: «Lo tendré en cuenta para la próxima, entonces».

14 oct 2015

«...chocolate, café, canela... ¿limón?»

— Contame, ¿qué sentís?

La miré como quién mira a un extraño pedirle direcciones, con asombro y curiosidad.
«¿Qué siento?» Ha de ser la pregunta más burda y sencilla de todas las que he recibido por su parte; aún así, me encontré sin palabras de respuesta, sin ideas claras en la mente. Me encontré por primera vez, como hace tanto, inútil.
¿Qué siento?, me pregunté a mi mismo. ¿Qué es en realidad lo que siento?, ¿rabia?, ¿tristeza?
Si lo analizo lógicamente, si siento rabia he de sentir tristeza. La tristeza alimenta y se escuda en una rabia sin sentido. Es la tristeza de un niño, de alguien que no comprende ni maneja sus emociones.
Pero, ¿es qué acaso no lo soy? Un niño me refiero. Soy un niño intentando sentir lo de un adulto. Buscando emociones que escapan no solo a mi entendimiento pero a mi desarrollo emocional. No estoy preparado para sentir... pero «¿Qué..?», esa es la pregunta. No debo desviarme.

— Enojo — respondí con poco convencimiento.

— ¿Enojo?

— Yo creo que si, es decir, para serte honesto no sé exactamente lo que siento. Es como una mezcla, ¿no?, un sinfín de emociones complejas que me comprimen acá en el pecho. Pero supongo que es enojo, rabia, tristeza... todo parte de un mismo todo. Como una masa de todo un poquito, eso y otras cosas... ¿viste cuando degustas un postre nuevo, qué decís: «uh, tiene chocolate, café, canela... ¿limón?»?, viste que siempre sentís como que hay algo más, o muchos «algo más». Bueno eso me pasa.


Mientras la veía anotar cosas en su cuaderno, perdí la vista en la nada y me inundé nuevamente en mis pensamientos. ¿Realmente sentía enojo? Sentía como el objetivo de mi ejemplo, alejarme de mis emociones y escudarme en el pensamiento lógico, se perdía en un pasado lejano; y como todas esas emociones complejas se apoderaban agresivamente de mí. Pensarlo solo logro humedecer mis ojos de una forma melancólicamente desagradable, pero no intenté disimularlo, no quería. «¡Debo permitirme sentir!» me recordé a mi mismo.

Las lágrimas se formaron en mis ojos y cayeron por su propio peso, sobre mis mejillas, y la barba entrecortada del mentón. La congoja y desesperación de la noche anterior volvieron a invadirme en ese momento; podía sentir el agujero negro en mi interior, una suerte de succión en mi pecho. Podía sentir todos mis músculos contraerse. Mi cuerpo tenso ante la inminente llegada del espasmo. Solo dos lágrimas lograron escapar esta vez (una por cada ojo), pero los espasmos continuaron. Mis ojos cerrados en todo momento. Nunca sentí tanto dolor en mi vida, he de admitirlo. La sensación de poderío en desgracia, de sentir como tu mente se preocupa única y exclusivamente por ti, lo que sientes tú en ese momento. No existe el cuidado ni la vergüenza. Solamente esa desesperante desazón pacífica, que recorre y abruma todos los sentires; y en su suerte de estancia, relaja hasta los músculos de la mente.

El espasmo se sucedió tal como la noche anterior. Duró apenas unos minutos. Luego mi mente tomo control. Mi rostro volvió a conformarse en una mueca de aceptación. Sequé mis ojos y mejillas, y me volví a acomodar en el asiento del consultorio. Inhalé y exhalé un par de veces, y aún con los ojos cerrados fui encontrando la paz en mí. Una vez calmo murmuré con una triste sonrisa en mis labios.

— Más tristeza que otra cosa creo yo, ¿no?

6 jul 2015

Tu propia historia.

Tomé la llave del auto, y me corrí hacía el garage. Las latas de pintura se interponían entre mi persona y el auto nuevo. Las esquivé como a todos mis problemas y entré al auto. La puerta del garage se abría mientras yo salía a la realidad de este mundo. De noche, lloviendo. Este plan iba de mal en peor.Los faros en largo alcance apenas lograban iluminar unos metros por delante. La densa lluvia en la aún más densa oscuridad de este martes de julio sin luna, llenaban de expectativas a la noche.
El teléfono comenzó a sonar en el asiento de acompañante.

* * *

- "¡Julia la puta madre que te parió, ¿vos sos estúpida?"

Solo pude mirarle con los ojos llenos de sorpresa mientras seguía con su agravios.

- "¡Pareces estúpida! ¿Cómo mierda te tengo que decir las cosas para que las entiendas..! ¡No quiero que entres al estudio!¡No quiero que uses el auto...!"

Sus insultos continuaron mientras yo leía con poca atención "Molecular Biology of The Cell", mañana tenía parcial de celular y estaba en pleno repaso.
Mi padre es especial, tiende a creerse dueño y señor del Universo, con autoridad para hacer y decir lo que se le antoje, la pato-gerencia, como le digo yo. Él tiende a creer que somos sus empleados y nos puede tratar de igual manera (siento pena de sus empleados) "porque yo a mis empleados..." es su excusa favorita.
Al rato se aburría de putear, supongo que se aburre de escucharse y que nadie le de el más mínimo de pelota. Pero aún no había llegado ese anhelado momento, así que sus insultos comenzaron a ser dirigidos a mi hermano Gabriel.

- "¡Gabriel, es muy difícil lo que te pedí? Tan inteligente para algunas cosas y tan inútil para todo el resto... No parecen hijos míos, ¡la mierda! ¡Qué manga de inútiles que son, ustedes y la pelotuda de su madre..!"

* * *

- "¿Hola..? ¡Ah! Hola Gabo. Eh... no ahora no puedo atenderte estoy manejando... si, estoy yendo, perdón estaba terminando de arreglar las cosas... vos tranquilo... tranquilo Gabo que ya llego; en cinco llego ¿dale?, beso".

Solté el teléfono al asiento de acompañante de donde lo había tomado segundos antes y me concentré en la carretera.
10 minutos después frenaba el auto frente a la Esso para que Gabriel se subiera.

- "¿Compraste todo?"

Le pregunté.

- "Si tengo todo tuve que sacar un poco del laboratorio de la facultad porque no tenían en la farmacia no sabía donde comprar sino..."

Le dirigí una mirada llena de cautela, había notado su nerviosismo al hablar. Mi hermano tiende a hablar apresuradamente cuanto más nervioso se encuentra. Ahora respiraba entrecortadamente.

- "Va a salir todo bien Gabo... vos tranquilo"

- "Tengo miedo Lía... Tengo mucho miedo"

No supe como calmarlo, también yo estaba nerviosa.

* * *



3 jun 2015

Y si no te morís: te mato.

Mis esfuerzos por entrar en silencio a la habitación fueron en vano. El piso de madera viejo, rechinaba como en las películas a cada paso que daba. La imagen de mi mismo resultaría en extremo cómica si no fuera por esa aura de ilegalidad que endulzaba el momento. Yo, caminando en puntillas de pie, intentando absurdamente alivianar mi peso, moviéndome con ese ruidoso sigilo (¡crunch, crinch!), mis ojos apenas abiertos como si el no mirar influyera en algo, mi rostro tenso se zambullía con cada paso en un sinfín de muecas de expresión. Comiquísimo.

Una vez del otro lado de la habitación tomé real conciencia de lo que estaba haciendo. Nunca había estado allí, nunca se me había permitido entrar a esta habitación, y recordarlo solo reavivó mi tan latente rencor que poco a poco se había ido adormilando. Una lágrima de rabia resbaló por mi mejilla. Recuerdo claramente que era de rabia; recuerdo su ardor insoportable que atormentaba en lo más hondo; y mi rostro se transformó una vez más, pude sentirlo. El calor subió a mi rostro y el desencanto inundó mis ojos. La mirada antes cálida, jovial, se había transformado en esa frialdad tan propia de aquellos que amamos con ansias de ser amados y recibimos a cambio los tratos propios de cualquier objeto descartable: somos descartados.

El silencio en mi actuar había pasado a un segundo plano, mi vista y mente nubladas coordinaban mecánicamente los pasos a seguir: abrí la mochila que llevaba al hombro de un tirón cuasi-trágico y tomé en mis manos el tarro de alcohol metílico y la cajita de fósforos. Abrí el tarro de otro tirón y arremetí de forma violenta contra todo a mi alrededor, especialmente su cama.

* * *

Aún en este momento me pregunto cómo no despertó. Comprendo si hubiera sido más calmo, calculador, o sofisticado a la hora de actuar; pero mi torpeza estuvo conmigo en todo momento. Me lo sigo cuestionando...

Mi obra de arte fue noticia. En el informativo fue punto de rating. Catalogaron al evento como «Joven de 17 años muere calcinado».

«Mamá, subí la tele, ¿te animas?»; y así lo hizo. «...como acaban de escuchar ustedes, de las palabras del Señor Comisario a cargo de la investigación, el joven de iniciales G. A. M. fue hallado muerto esta madrugada del jueves. Vecinos de la zona alertaron a la policía al notar las llamas que salían por la ventana de la habitación del joven. Según el informe oficial, se trataría de un homicidio, ya que se encontraron restos de alcohol y una caja de fósforos: los presuntos causales del incendio. La policía busca a un sospechoso. Según los vecinos; un hombre de entre 30 y 40 años de edad habría abandonado la vivienda dejando solo al joven minutos antes de que se produzca el incendio...»

«¡Ay! que horrible Fede... ¿te das cuenta?, tenía tu edad... ¡Ay! que espantoso Fede, que espantoso...»

31 may 2015

Suicidio II

Encontrar el momento adecuado para suicidarse puede ser algo bastante complejo, por no decir imposible. He planeado esto por ocho años, y nunca se había dado hasta ahora.

Todo comenzó cuando vivía con mis padres. Mis padres son especiales, tienden a compartir sus emociones, aunque a ti no te interesen; tienden a inmiscuirse en tus asuntos personales, o para que les cuentes lo que te sucede, y si por algún milagro logran seducirte a que lo hagas siempre tienen algún consejo o alguna opinión para decirte. Opiniones y consejos estúpidos claro esta. Mis padres son bastante estúpidos.

Así que decidí irme. Desde los 15 años que me esfuerzo como nadie para conseguir las mejores notas en clase, así poder conseguir el mejor trabajo, y poder mudarme cuanto antes de la casa de mis estúpidos padres, y así poder matarme tranquilo, como ahora.
Cuando cumplí los 18 años y terminé el liceo, todos se preguntaban que iban a hacer de sus vidas, la gran mayoría planeaba entrar a la facultad. Yo lo considero una perdida de tiempo, así que comencé a trabajar en una ferretería. Mi jefe, un pelotudo con P mayúscula, notó (bastante tarde para ser honestos) mis grandes habilidades y mi inteligencia. Generaba mayores ventas que cualquier pseudo-arquitecto que trabajaba conmigo, y conseguía los mejores clientes. Así que cuando cumplí los 20 (dos años después) me ascendió a encargado. Y fue el sueldo de encargado o que me permitió alquilar este apartamento.

Se preguntaran ustedes sobre mis amigos. La respuesta en sí es bastante simple. No tengo amigos.
Algunas veces me cuestioné si quizá no era mejor encontrar amigos, relacionarme con ellos, y no suicidarme. La idea lograba alentarme, pero la realidad siempre es más justa. La gente es estúpida, mis compañeros de clase, mis profesores, mi jefe, los pseudo-arquitectos, mis padres. Son todos muy estúpidos, siempre intentando expresar sus emociones de formas burdas, siempre pensando en el momento, luchando por conseguir cosas banales, sin percatarse en lo más mínimo que tarde o temprano van a caer muertos, y que nadie se va a acordar de su existencia. No existe el cielo ni el infierno, no hay vida después de la muerte, es más que obvio, y sensatamente lógico.
Así que no, no tengo amigos, porque no hay nadie que logre entender nada de lo que pienso, ni lo que digo. Y no creo que haya nadie que le interese.

Mi visión ya está fallando, siento los químicos correr por mi torrente sanguíneo y destruir poco a poco mis soportes vitales, es algo que experimentaran pronto...

Mamá, papá... si se preguntan por qué, en el cajón del escritorio hay un cuaderno. Ahí les explico cuanto los odio.

20 abr 2015

Long Story Short...

«No quiero saber sobre tus victorias en el campo de los sueños», le susurré recostado sobre La Estrella Azul de Oriente.
Mis ojos pardos le observaron mientras ignoraba mis demandas y continuaba en su lamento.
Me acerqué más a él con pesar y congoja, y en la copa de aquel viejo roble le grité con ímpetu desmedido: «¡No lograré sacarte de la miseria si a lo que aspiras es enterrarte en ella!»
Vi como sus ojos se ahogaban en salados mares y daban vida a cálidos ríos sobre sus barbas blancas. Me acerqué más aún a él y posé mi rostro sobre el suyo. Intenté implorarle que se detenga. Tomé sus manos sobre las mías y le lloré en desconsuelo a su consciencia.
«Por favor detente», murmuré. Pero sus llantos habían destrozado corazones al punto de no-retorno. Su cuerpo valiente y fuerte temblaba de temor por un castigo de dios inexistente.
«Qué te perdono» le susurré a su aún tibio rostro. Mientras su sangre aún corría, vivaz e imponente, por sus ropas y sus tierras.
Y así volví llorando como aquel hombre a recostarme sobre La (Bella) Estrella Azul de Oriente. Y lloré lluvias amargas de congoja.
«Si supieras escuchar, ¡tú viejo! ¡Si tan solo supieras hacerlo... verías a tu dios destrozado de pena!»

15 abr 2015

Sábado de re-encuentro

Nuestras brazadas, con el paso del tiempo, más y más desesperadas embrutecían el oleaje de aquel mar rojo. La sangre de cientos de nosotros se desperdigaba meticulosamente por debajo de las sales, y lo teñía todo. Aquellos pocos que logramos escapar de la embestida brutal quedamos atados a nuestra suerte en la tempestad de un mar sin riberas, rezando algunos por nuestras vidas, sucumbiendo al pánico otros; nadábamos sin aliento por nuestras vidas en direcciones tantas como puntos cardinales.

Aquellos de nosotros al sur corrimos la misma suerte que los primeros, y ensombrecimos las sales del mar con nuestra sangre. Aquellos que fuimos al norte fuimos los únicos que encontramos paz en la quietud de la tierra. No todos, algunos también perdimos contra el oleaje y dejamos de existir en la inmensidad del mar, azul en este caso; así también al este, y al oeste, al noroeste, y al noreste, al sureste y suroeste; y al sur-sureste y sur-suroeste, y nor-noreste y nor-noroeste; y este-sureste...

Álvaro gritaba es desconsuelo tras la muerte de su hijo en manos del oeste-suroeste, y conjuraba males a los mares, y lloraba lágrimas tan o más saladas que las sales del Mar Muerto. Mal de muertos este mar, que seguía lentamente como lamento de algún egipcio, tiñendo de miedo color rojo las arenas sobre la orilla de nuestra pequeña isla salvadora. Y Gonzalo con entumecidas piernas y adoloridos brazos se soltaba a la merced de su angustia y perdía la mirada en si mismo y sentía nada. Nada sentíamos muchos, pero fue Gonzalo el primero en sentirla, y el primero en dejarla y morir en silencio con los ojos abiertos y la mirada perdida en uno.

Aquellos pocos que logramos sobrevivir a la brutal embestida, y logramos sobrevivir a la crueldad de las saladas olas, y logramos sobrevivir al sur, y logramos sobrevivir a nuestra cuerpo, y a sus fallas, seguimos camino por aquella isla salvadora en búsqueda de algo que nuestras mentes no lograban concebir pero nuestros corazones no querían perder.

Caminamos por tiempos alternados, con estupor, con miedo y con rabia. Nos matamos a golpes entre nosotros cuando las cosas no funcionaban. Y aún así algunos sobrevivimos a ello y llegamos aquí: a este lugar inhóspito, lleno de frías nevadas blancas, y ausente de toda vida que no fuera la nuestra. Nosotros: Javier, Martín, Nicolás, Camilo, Natalio, Esteban, Mauricio, Germán, Fabricio, Patricio, Valentin, Valentino, Hernesto, Gustavo, Andrés, Manuel, Tamuel, Matías, Guzman, Eduardo, Sebastián y Agustin.

Nosotros que logramos sobrevivir a la embestida brutal, a la sangre del mar, a las sales del oleaje, al sur, y a las riberas del norte, al este y al oeste, y a todas sus nefastas combinaciones; que sobrevivimos a  nuestros cuerpos, nuestras almas y nuestras mentes. Venimos aquí a esperar la muerte, con la desesperación propia de aquel que sabe le quedan días, con la fatiga de vernos uno a uno perecer, y saber que alguno será el último.

Sabemos que ni uno de nosotros logrará sobrevivir a la tempestad de nuestra vida. Suponemos el último se irá en tres días; si no nos equivocamos: un sábado.

8 abr 2015

Natalia

«Sos un ser tan desagradable que más vale cruzarte muerto en esta vida, si es que hay que cruzarte» le susurré al oído mientras dormía, y el cuchillo que mantenía sobre su garganta tembló en mi mano.

«¡Sos un asco de gente, lo que haces y decís merecen que sufras! No se me ocurren ya maneras de como matarte, todas parecen tan honestas. Merecés la vida eterna de sufrimiento. ¡Pero te quiero muerto!».

Mi pelo rubio le hizo cosquillas en el rostro, y se acomodó dormido.

Mi mirada perdida en la oscuridad de la habitación se nubló, aún en la oscuridad, con lágrimas saladas llenas de odio y tristeza.

Dejé el cuchillo sobre la mecedora y me dediqué a verlo dormir. Hasta dormido resultaba desagradable. 

Una vez más me hundí en este odio desgarrador, le permití abrazarme y destruirme como tantas otras veces. Y en lo que no fueron más que segundos: en un acto de pasión; tomé el cuchillo con las manos y lo hundí en su tibia carne fresca.

Sus ojos se abrieron con mezcla de espanto, dolor y sorpresa. Pero duró poco su mirada enfocada en la mía. Mi golpe había sido certero y le atravesé el corazón de lado a lado produciéndole una muerte casi instantánea.

Me tambaleé con pasos perdidos y me dejé caer sobre el peso de mi cuerpo. Mis manos aún temblaban. La sangre formaba lagos sobre el piso de madera, y ensuciaba mi blusa blanca con pequeñas motas carmesí. Mis labios tensos evitaban formar la sonrisa que afloraba en mi pecho.
Su cuerpo aún tibio estaba rígido y un tanto cómico en esta eterna inexpresividad de su rostro. En la mueca de su boca podía leer mi nombre.

«Te prefiero muerto» volví a susurrarle. Y con el orgullo que me caracteriza, salí de la habitación sin vergüenza alguna. Una satánica sonrisa comenzaba a formarse, y por primera vez en mi vida creo que fui feliz.

5 abr 2015

Italia

"Me concentré en mirar por la ventana, e intentar obviar el despampanante resplandor que me enceguecía; sin éxito por supuesto. Las cortinas de la ventana habían sido retiradas sin razón aparente. Era un hecho molesto, debo ser honesto. Yo adoro las cortinas, entre más gruesas y pesadas mejor.La cálida luz solar lo bañaba todo, desde la antigua piedra del Colosseo, las ruinas esas que están al lado, la callecita frente a la casa. Todo. Desagradablemente lo inundaba todo.
Aparté los ojos de aquella tan usada escena italiana y caminé hasta la orilla de la cama. El servicio había arreglado todo, dejandolo a la perfección. El cuadro sin sentido que colgaba sobre la cabecera de la cama, la mecedora. La televisión, el espejo de cuerpo entero (en la otra punta de la habitación). Todo espléndidamente limpio. Irónico si pensamos en Italia, no es de las ciudades más limpias de todo Europa.
Aún así se molestaron en hacernos sentir "cómodos".
Mi visión quizá esté nublada en este momento, y por ello reveo mis imágenes mentales con colores diferentes. Recuerdo aquella calidez del sol sobre mi piel, pero no recuerdo que fuera un sentimiento alegre, todo lo contrario, amargo, incómodo..."

- Bebió otro sorbo de café, perdió la vista en el horizonte si siguió escribiendo -

"...incómodo.
Recuerdo haber salido a recorrer la ciudad. Siempre tan hermosa en las películas, tan romántica. No la sentí así en lo absoluto. Su brutalidad, su hostilidad, desgarradoras por donde se la miren; y al fin y al cabo es solo eso, una creación alterada de algo que ya no es"

- Soltó exasperado la lapicera de tinta negra con la cual escribía, y se reclinó en la silla. Masajeóse las cienes para reconfortarse y cerró los ojos en busca de inspiración; al cabe de 6 minutos, reanudó la escritura, tachando enfáticamente el último párrafo -

"...incómodo.
Clarissa entró radiante de emoción por la puerta de la habitación de aquella casa rentada. Soltó las maletas sin gracia sobre la cama y se apresuró a abrazarme con fuerza.
Su sonrisa si la recuerdo, irradiando alegría a montones. Su abrazo emotivo. "Gracias" había susurrado en mi oído emocionada. "es el mejor viaje de mi vida, siempre quise conocer Italia" había agregado. Y sin más había apuradose al baño para ducharse y quitarse lo que refería sátiramente como "olor a clase turista".
No me traigo muy buenos recuerdos de Italia como país, menos de Roma como ciudad. Pero haber estado con ella, haberla visto reír, y emocionarse sin vergüenza por las más absurdas cosas. Esos son los mejores recuerdos de este viaje".

- Volvió a reclinarse sobre la silla, está vez con una sonrisa en su boca. Entre tanta ficción, había logrado decir eso que no sabía poner en palabras -




1 abr 2015

Martes.

Habiéndolo comprendido todo dimos vuelta sobre nuestros pasos, y cerramos la puerta que momentos antes habían abierto para nosotros. La reunión había sido tan o más aburrida de lo anticipado. La Dra. Rodríguez nos había vuelto a sermonear sobre los objetivos de la empresa en cuento a la identificación de amenazas para el desarrollo de las capacidades de los empleados (así de largo era el titulo en la diapositiva del Power Point), era el nombre elegante para decir problemas maritales (barra) empleados. Recursos Humanos siempre tiene ese ideal imaginario en el cual a nosotros los Gerentes nos importa algo las relaciones que puedan tener los empleados fuera del ámbito laboral. Nos importan un carajo. Mientras lleguen a tiempo y cumplan medianamente su trabajo somos felices.
Ya el Martes pasado nos había reunido también para hablar sobre las incidencias de la falta de sueño en el desempeño de los empleados en call-centers. Absurdo realmente. La falta de sueño afecta a todos los empleados, sean administrativos, telefonistas o gerentes; en eso coincidíamos todos. 
De todas formas esas charlas siempre terminaban con lo mismo, poniéndonos a nosotros algunas tareas extras. Tareas tales como llevar listado de aquellos empleados con dificultades en su hogar. Aquellos con hijos, aquellos divorciados, alquilando o comprando su primera casa (aclarar si era la primera, o compraba la segunda). Absurdo. No estuvimos 9 años de nuestras vidas perfeccionando nuestras habilidades comerciales-empresariales, para venir a trabajar de detectives privados en el ámbito laboral. La Dra. Rodríguez tenía eso perfectamente claro desde el momento uno en el cual nos instaron a sentarnos en la sala de conferencias ese Martes. Pero fieles a nuestro orgullo, y alegando poco tiempo para estas cosas, permanecimos de pie; los cuatro.

Cuando Camila volvió corriendo a casa de la escuela, ni Marcela ni yo entendíamos su entusiasmo. Nos costo no menos de 20 minutos entender que la habían elegido como abanderada del Pabellón Nacional. Nuestro entusiasmo se equiparo al suyo al instante por supuesto, pero nos dolió no poder entenderle al instante. En la escuela todos hablaban el mismo lenguaje por supuesto. Nos había costado encontrar una escuela donde pudiera aprender sin dificultades. Las maestras en primaria no están capacitadas para dar clases en lenguaje de señas y al parecer el gobierno no tiene los fondos necesarios para poner a una intérprete por ella. La escuela pública más cercana con esos fondos se encontraba a 45 kilómetros de nuestro hogar, pero valía la pena viajar esa hora en ruta con tal de ver su sonrisa al bajar del auto.
Nosotros teníamos clases 3 días a la semana. Marta iba los jueves, los viernes y los sábados. Porque sus horarios son más ajustados que los míos. Yo iba los lunes y los miércoles. Solía ir los Martes también pero cambiamos los horarios, y comencé a ir los sábados con Marta. Era complicado aprender ese nuevo idioma. Lleno de complejos simbolismos. Pero lo hacíamos con gusto, y necesidad.
Nos dolió en ese momento; nos dolería después, lo sabíamos; y nos había dolido en el pasado también. No poder entender sus emociones era más que frustrante. Cómo si la vida poco a poco nos alejara de ella.


La ruta estaba desierta a las 4:30 de la mañana. Algún que otro camión aislado pasaba a mi lado, y luego solo la neblina me acompañaban. Hoy era Martes y como todos los Martes viajaba al Melo para trabajar 4 horas en la mutualista. Los dermatólogos no somos muchos aquí en Uruguay. Así que se paga bien a aquellos médicos que vayamos a atender al interior.
No es que lo hiciera por estricta necesidad (lo de ir al interior me refiero). Lo hago porque quiero. Es una escusa perfecta para desentederse por un momento de la capital, la familia, y los problemas. Y simplemente manejar.
En el interior del auto siempre me acompañan la música y el aire acondicionado (haga frío o calor), la caja de cigarrillos en el asiento delantero, y la mochila en el de pasajeros, atrás.
La música de la radio nunca es de fiar en un viaje tan largo, las frecuencias cambian, y te termina acompañando pura interferencia. Así que algún que otro disco llevo conmigo. No es usual que lleve música pop, pero no suelo oponerme a escucharla. Quizás algo de La Vela, Buitres, Trotsky; o un poco más porteño como La Renga, Los Piojos, o algo de Calamaro, ¿por qué no?
Mi hija Lucía me había pedido que le compre el último disco de una artista británica que nunca puedo recordar el nombre, ella me acompañó una vez. Muy linda música.
Y así me desprendo de la ciudad, por lo menos por un rato. El mate lo llevo medio pronto, y aunque no puedo cebar en plena ruta, es llegar a la mutualista y poner a calentar agua. Son solo 4 horitas, después me queda el día libre.
Quizá por eso ame tanto los Martes.

1 sept 2014

Llanto como cuchillas

Conté las hojas que habían caído en el jardín. Las conté una a una, mientras el viento se las llevaba todas. Era una fría tarde de otoño, y el viento soplaba con fuerza. Desvié la vista de las hojas que alborotadas sufrían al vaivén del viento, y miré al cielo. El cielo gris, de un gris monótono y brillante. Sin gracia. Ni alarmante, ni desconcertante. Aburrido.

- ¿Me podés mirar por favor? No puedo así sino.

Le miré, aburrido como el cielo, con el mismo gris en mis ojos. Desafiante.

- Necesito terminar esto bien Martín, te lo pido por favor... no fue mi intención, vos me conocés.

- Convengamos que no, ¿verdad? Digamos abiertamente que no Florencia. "¡No!" Obviamente no te conozco.

Sus ojos llorosos ya de hace un rato miraban suplicantes, ¿piedad? No podía sostener esa mirada. Esa suplica que tocaba en lo más hondo de mi ser, no debía flaquear, "debo ser fuerte".
Así que miré nuevamente al cielo gris, pero está vez me fue imposible contener el llanto, y una densa lágrima resbaló por mi mejilla. Cayó lentamente, dejando tras de sí un leve ardor. Un ardor, que con propiedad puedo decir, surgía desde lo más hondo de mi alma.
En su momento no pude describirlo, no podía encontrar las palabras, aún no logro hacerlo. Era un ardor cómodo. Intolerablemente cómodo. Como si algo faltara, como si la sangre coagulara dentro de mi, y lo hiciera todo más denso, espeso. Intolerable. Podía sentir las palpitaciones en mis oídos, acompasadas al entrecortado de mi respirar, podía sentir el estomago comprimirse, y los músculos del abdomen tensarse. Podía sentir todo ese desasosiego hacerme mierda desde adentro.
Aún así solo fue una lágrima, solo una la que logró escapar, y volví a repetirme "debo ser fuerte".

El silencio, nos separó por lo que parecieron horas. Las hojas habían vuelto a arremeter unas con otras. El viento constante, zumbaba.
Tuve la repentina necesidad de tomarla de las manos, de llorar. De llorar mientras la tomaba de las manos, de rogarle que me perdone. No importaba ya más nada, solo necesitaba volver a estar con ella. Poder mirarla, poder sonreírle. Poder sentirle, para que me sienta. Pero el orgullo me puede más. Siempre ha podido más.

La sonrisa se diluyó en una mueca de dolor, así como el alcohol en agua; amarga, estática en mi rostro, mientras una segunda lágrima se hacía paso. Así con ella la rabia, una rabia tan honda, con tanto dolor, con tanta culpa. ¿Culpa?, ¿cómo, después de todo lo que había ocurrido, podía llegar a sentir esta culpa? ¿Culpa de qué? Si quedé como un completo idiota. La idea del absurdo arremetió contra mí nuevamente. Oscuros pensamientos volvieron, y la angustia se hizo primera en la fila.

El silencio no se prolongó por mucho más, noté se erguía a mis espaldas, y con un tono bastante seguro para el sollozo constante que había tenido por compañía, me habló.

- Me... me hubiera gustado terminar esto bien Martín, pero...

- "pero...", pensé.

- Pero te entiendo. Juro que te entiendo, yo...

Sus palabras lograron desatar la tercera lágrima. Quedé a la espera. Esperaba una disculpa, algo, que hiciese de todo un chiste. Pero sabía mejor que esto. Sabía demasiado como para siquiera proponérmelo realmente.
Los siguiente que escuché fue el crujir de las hojas de otoño bajo sus botas. Botas que se alejaban, con su llanto ahora más claro, más lejano. Lejos de confortarme su dolor, me atormentaba. "Llanto como cuchillas."
El ardor volvió a mi rostro, el viento seguía zumbando frente a mis oídos, pero no era ese el zumbido que me nublaba ahora. Lloré. Lloré como nunca antes lo había hecho. Lloré como si en vida, llorara mi propia muerte. Lloré y le hice justicia al desazón que me comprimía el pecho. Lloré, y lloré.
El dolor afloraba con violencia, más doloroso que tenerlo dentro fue dejarlo ir. Lloré, sin control, por mucho que intentara no podía controlarlo. Lloré, y entre espasmo y espasmo lograba inhalar algo de aire, un sorbo siquiera.

Los rayos de sol se hicieron paso entre las densas nubes. El viento amainaba su ritmo, pero seguía, cual brisa de mar mis pasos, más y más dentro del terreno. Terreno desconocido hasta entonces. Recuerdo elogios vacíos cuando entraba al hotel. Recuerdo sonrisas falsas de condescendencia barata. Todo eso no era de mayor importancia para ser honestos.
Una vez en el elevador. Una vez en el pasillo. Una vez en la habitación. Llegué, de forma automática.
Mi cara ardía. Hinchada, roja.

Ella ya no estaba, podía notarse por ese encanto adquirido, el vacío. Mi maleta seguía donde la había dejado hacia no más de unas horas, la camisa a cuadros que usara en la cena de la noche anterior, seguía en el suelo.
Me dejé caer sobre el asiento más cercano. Las persianas abiertas de par en par, no impedían ni un poco la luz del sol. Toda la habitación estaba inundada de destellos dorados. Pequeñas partículas de polvo podían verse suspendidas en el aire. Y el aire se fue entibiando poco a poco.
Irónico. Me refiero a la escena, irónica por donde se la mire. No había la más mínima empatía por parte del Universo.



10 jul 2014

Sr. Vignolo

Montevideo, Uruguay
11 de julio de 2014

A quién corresponda

Por medio de la presente, hago expresa mi renuncia al cargo que hasta el día de la fecha despeñaba, con honores, y correctos procedimientos; aquí ¿dónde más?

Por conveniencia, se debe acotar este documento a cuatro frases insípidas, y tres oraciones sintácticamente conexas, y de honestidad dudosa, hiladas sin mucho encanto a razones en extremo falsas. Pues mi renuncia, por mucho que englobe el concepto, no es por razones personales.

Por dónde empezar, quizá por el principio, o por el final. Comenzar por el final es siempre más sencillo; es el momento inmediato vivido, es el más fresco, el más doloroso, el más exacto en detalles. Y normalmente el más estúpido.

Este trabajoso trabajo (valga la redundancia), me llenó de vagas alegrías, y agobió con dolorosas tristezas. ¿Acaso no todos? Me cuesta aceptar que esto no es mi culpa, es enteramente suya. No fui yo quien dejó entrar la pena a este lugar de trabajo, no fui yo quien permitió a la furia irrumpir la paz establecida, y definitivamente no fui yo, quien dejó las cosas suceder.

¡Cuanta rabia siento hoy, con cuanto enojo me voy de este lugar! Porque si alguien luchó por una mejora continua fui yo. Yo, y solo yo luché por superarme y superarnos, solo yo logré las victorias que esta casa se adjudica con tanta pomposidad, solo yo grité y detuve los robos armados que ozaron destruir los pilares base de esta institución. ¿Siquiera alguien intentó ayudarme? No, nadie.

¿Qué más puedo hacer? Que más mas renunciar, no lo sé. Por eso renuncio. Pero en tanta rabia, en tanto rencor sufro esta renuncia como la renuncia al amor que obligué a ustedes a realizar tanto tiempo atrás. Mi error.

Perdonen el concepto errado de liderazgo que intenté inculcar. Perdonen de corazón por buscar la mejora continua, por no bajar los brazos, por lucharla en todo momento. Perdonen, porque al parecer no sirve, pues no sirvió.

Hoy declaro mi derrota, permito a las corrientes del capitalismo moderno llevarme al estupidisísmo de la compra de necesidades infundadas. Permito que eligan mi carrera y destino. Permito la compra de mi alma al mejor postor.

¿Dan cuenta de lo que hago? Como ejercicio de locura, refiero a mí en tercera persona. Ya, que más da... nunca van a entender esta mixura de sentimientos, este auto-odio aplicado. Permitanme el atrevimiento de eliminar todo esto, no es necesario que lo sepan. Después de todo, no es realmente importante.

Amerita decir, que las razones que llevaron a tal decisión son de hecho pura y exclusivamente personales.

Saluda muy cordialmente,
Eugene.

1 may 2014

Juguemos en el bosque, mientras el lobo no está. ¿Lobo está?

Perdidos en el bosque los encontré, habían nacido tres años antes, tenían tres años menos de vida. Un estrafalario vestido color rojo colgaba de su mandíbula, le sonreía como un bobo a la idea de sexo, pero huyó rápidamente de mí como lo haría cualquier cretino. Quedaban dos.
Les salude de forma cordial, no quería crear enemistades; al menos no ahora. Les saludé pero no devolvieron el saludo.
Di vuelta y retrocedí en mis pasos, "al mal tiempo buena cara" pensé.

Ríos de sangre corren por lugares tan inhóspitos como mi mente. La sangre viaja a velocidades disparatadas transportando herramientas útiles para mis enemigos.
Uno tiende a sufrir por la sangre, de allí el estrafalario vestido color rojo, las mandíbulas que los sostienen pueden ser varías. Pero siempre huyen a la primera de cambio.
La copa cayó al piso y se rompió, el vino enchastró todo, obviamente. Perdido en mi mente no lo noté hasta el segundo siguiente al estallido.

Pero solo caminé dos metros cuando su grito de auxilio se hizo audible. Clásico, ¿no? Cuando me giré a mirarlos, mi sonrisa había vuelto a su lugar. "Pequeños... pequeños inocentes."
Mi fingida preocupación jugaba bien su parte. No tenían frío, así que no les tuve que dar mi saco. Los iba a sacar del bosque, y sus pies descalzos iban a dejar marcas en la nieve. Las dejaron para ser honestos.
Les ofrecí café al llegar. No lo tomaron, apenas hablaban. Hice una promesa que no pensaba cumplir "Voy a buscar a su hermana, no se preocupen, ella estará bien"

Ignorantes. Pelotudos e ignorantes. No hay cosa que me de más asco que los retrasados. Con sus ojos miran sin entender, ríen ante las risas ajenas, pero nunca entienden la broma.
Así que bromeé, y reí. Rieron conmigo como era obvio, aunque ellos siguieron riendo un rato después. Tiempo que usé a mi antojo para limpiar la alfombra. La puta alfombra y el puto vino.
Sepan que no rieron por mucho, lloraron. Eso sí, lloraron mucho. Lloraron y gritaron tanto que no entraba tanta euforia en mi, y la dejé salir. A su debido tiempo, claro está.
Uno se fue para no volver, el otro se quedó. Tuve que enterrarlo al pasar los días, comenzaba a heder. El vino y la sangre, que cosa más sensual.

Ella era rubia, aún se podía notar. Y las rubias son mi debilidad, así que paré el auto, no fui muy listo debo admitirlo, paré el auto demasiado tarde. Esa fue mi primera vez. La primera vez que sentí miedo, placer, y placer a sentir miedo. No gritó. Siempre pienso eso, que no gritó. No gritó siquiera cuando corría con el estrafalario vestido rojo. No gritó en esa ocasión tampoco.

Con el otro ya saben lo que hice, lo dejé libre en el bosque. Porque ante todo soy piadoso. Y tengo sentimientos. Me gusta el sexo, que le voy a hacer. Me gusta cazar, y la sangre. Y cazar sangre por sexo en el bosque, es más que divertido.