Buscar en el blog

2 ene. 2018

La carta que quizá alguna vez te mande

J:

Quiero morir. Quiero morir por el simple hecho de que no quiero estar vivo. Quiero nunca haber nacido, quiero dejar de existir.
Hay tantos nombres que me torturan lentamente, en silencio y desde la distancia... pero el tuyo ya no puedo soportarlo. Me hieren, me hieres, con tu maldita indiferencia...Me lo he ganado, me lo he buscado. Es por eso que quiero morir.
Quiero morir porque quiero ser feliz y no puedo. Ser feliz es algo con lo que nunca pude lidiar... nunca entendí eso de "ser feliz", de compartir, de dejarse ser... siempre viví reprimido... reprimiéndome... porque, ¿por qué no?
Y hoy quiero morir...
Juego lentamente a pasar la cuchilla por el brazo, hace cosquillas, amenazante... ella me entiende... un simple empujoncito, un simple impulso y todo habrá comenzado... y terminado, para bien.
Pero no me animo, aún no. Así que simplemente contengo mi rabia, mi tristeza, mi soledad, mi incomprensión en una gran lágrima salada... y la cuchilla sigue jugando con su filo sobre mi piel, "quizá me corte", pienso esperanzado... Quizá lo haga, y quizá muera... pero no me reconforta, no termina de hacerlo. Porque vos vas a seguir con tu maldita vida como si nada, con tu maldita elocuencia, y tu maldita sonrisa falsa de "todo está bien", haciéndome sentir más mierda de lo que ya soy.
Quiero morirme, pero no aún... aún no puedo. Primero voy a destruir todo lo que pueda a mi paso, todo lo que te importe aunque sea un poquito... y voy a verte arder en tu estúpida tristeza ¡Mierda, que voy a disfrutarlo! Y al final... cuando caigas rendido en tu mísera existencia, allí, en ese momento de revelación... en el que te quieras morir pero no lo hagas (porque sos más fuerte que yo, más inteligente... más todo), y lo superes... ¡La puta madre, cuando lo superes..! y yo me de cuenta que en realidad nada de eso me sirvió para nada... Entonces allí, quizá me mate, quizá lo haga...

Te odio tanto...

E.

25 dic. 2017

Ensueño

Si me vas a soñar,
soñame descalzo...
leyendo alguna que otra novela victoriana
en alguna lengua ajena...
Soñame riendo, sonriendo, viviendo cada instante,
cada momento...
pensando, sintiendo.
Soñame sin forro,
soñame terco, desnudo, tibio...
Soñame soñando, soñando pensándote, amándote...
Soñame...

Agarrame las manos y guiame por la noche,
o por el día...
Soñame ciego, esclavo del deseo...
Soñame rico en tanta pobreza...
Soñame hermoso...
Soñame junto al mar, el océano, un río...
agua.
Soñame junto al agua.
Soñame bajo lluvia, perdido, solo...
solo pero contigo.
Soñame pequeño, más pequeño,
imperceptible...
Soñame escribiendo alguna que otra balada vieja,
cantándote un tango...
secándome las manos.
Soñame con las manos húmedas de tanto andar entre los pastos.
Soñame con el pelo enarbolado, alboreado, alborotado...
Soñame entre flores...
Soñame un mate recién preparado,
un café negro, soñame...

Soñame... que yo ya te sueño.

24 dic. 2017

Sol de cuarta vida

Tengo ganas de hacerme un mate que me lleve a recorrer paredes ajenas. Cuatro, de ser posible... que  me inciten e inviten a mirar por la ventana a este sol latente que llama a una lluvia nueva. Y que me abraces por la espalda y te quedes en silencio mirando el horizonte de sucios sonidos a ciudad. Y me invites a hacerte todo lo que quiero que me hagas, y sudemos juntos mientras se hincha el mate a una corta distancia... y que se sienta una risita, tuya o mía, que me obligue a pensar en ojos marrones, tuyos o mios, y que me obligue a olvidarme de esos tantos verdes que me atormentan. Y que volvamos la vista al sol y lo saludemos con un pucho tenue, y mientras cebás un mate me detenga en tu cuerpo desnudo, sudado, impregnado de todo el mío... y que te diga al oído todo lo que siento... lo bueno, lo malo, lo intermedio... y si por alguna razón que desconozco sentís la necesidad de vestirte en mi presencia, encuentres dificil hacerlo... y que te rías y te acerques a darme un beso y me cebes otro mate...

18 oct. 2017

Bla Bla

¿Qué ha sido de las cosas, Rosemund? ¿Ha sido, o no ha sido? Realmente lo pregunto, amiga, porque no lo entiendo.
Un día estamos bien... hablamos, nos compartimos cosas: bárbaro.
Al siguiente, atado a mi banal existencia, me desespero y te pregunto de las cosas; vos te reís. ¿Qué ha sido de ellas?
¿Qué ha sido de la amistad? ¿Te acordás, acaso, que era aqullo?
Yo ya no lo recuerdo.
No recuerdo que ha sido del deseo, de la lujuria... del sexo
¡QUÉ CONCHA ES EL SEXO, ROSEMUND?
¿Es una práctica, una parodia? ¿Debe gustar o desgustar? ¿Se comparte o es de uno (bueno, una)?
No comprendo.
Porque vos y yo hacíamos esas cosas... hacíamos: pasado.
¿Por qué no las hacemos?
¿Por qué te escribo y te reís de mí?
¿Por qué te mofas de mi desgracia?

¡Qué ha sido de las cosas, Rosemund? ¡Respóndeme carajo, que me vuelvo violento!

"Me vuelvo violento", como si la violencia no fuera parte innata de mi escencia.

¿Qué ha sido de la violencia, Rosemund? ¿Ha sido, o sigue siendo?
Tampoco lo sé.

19 sept. 2017

Sobre la existencia de las cosas en la mente de un zorrito que conversaba con su amiga lechuza

«Hoy me siento mucho mejor», comentó el zorrito mientras se ponía pancita al sol.
«¿Te sientes mejor?» preguntó incrédula la lechuza, que se encontraba sobre la rama de un gran árbol, con grandes ramas y hojas grandes, y grandes frutos grandes. 
«¡Así es!», exclamó el zorrito. «Me siento mucho mejor ahora que se lo he dicho».
Al oir aquello la lechuza suspiró agotada. Intentaba recordar qué era lo que el zorrito tenía que hacer, y con quién tenía que hablar, que habría querido decir, y que sería lo que habría dicho. El zorrito le era un personaje muy cómico por varias razones. Cada 3 o 4 lunas, el zorrito siempre aparecía cabizbajo, agotado y triste; pensando en su pobre y mundana existencia en este mundo, en lo desgraciado que era por no ser feliz, y en lo feliz que era por ser un desgraciado... por ser rojito, pequeñito y peludito; por ser, y por sobre todo... siempre triste por no ser. 
La lechuza, como era paciente, lo escuchaba quejarse de su vida, y lo escuchaba quejarse de sus quejas, y se quejaba también de su escucha, pero la verdad, es que nunca antes había visto al zorrito feliz. De hecho, ahora que lo pensaba, nunca había visto al zorrito a la luz que el sol compartía.
Entrecerró los ojitos por un momentito, y con las plumas alborotadas lo miró un ratito. Allí en lo bajo, el zorrito sonreía. Tenía sus ojitos cerrados, la pancita al descubierto y las patitas estiradas. Tomaba sol, y como tantos otros, se relamía feliz. Su pelaje cobrizo brillaba con la radiante luz, y sus bigotitos repiqueteaban encantados de arriba a abajo y de abajo a arriba, sin preferencias ni por uno ni por otro.
«Así que se lo dijiste», murmuró la lechuza, un tanto más alto que de constumbre para que el zorrito le escuchara. Las orejitas de este dieron cuenta de su escucha, y luego de un tenue momento, ensanchó aún más su sonrisa, entreabrió los ojitos y se puso sobre sus cuatro patitas. «¡Se lo dije!, tenías razón amiga lechuza. Debí haberlo hecho hace tanto... pero tú sabes como soy...». 
«Lo sé perfectamente», respondió la lechuza, sin estar muy convencida ya de quién era el zorrito, cuál era su problema, y con quién había hablado; menos aún sobre lo que sabía, debía saber o debía no saber...
El zorrito la miró esperando una respuesta, y con sus ojitos cerraditos aclamó mientras pensaba: «Bueno... ¿y qué le dijiste... exactamente?»
«Le dije de los árboles», respondió feliz. «Le dije de los árboles, de las plantas y pasturas. Le dije de los frutos y las frutas... le dije mucho de las flores. ¿Recuerdas a las flores? Le dije de tí... y de mí. Le dije muchas cosas sobre ella, pero más aún sobre él. Le dije lo que sentía y lo que no sentía. Le dije verdades y también algunas mentiras. Le dije que me gusta mucho el color rojo, esa fue una mentira... tú sabes que mi color favorito es el azul, y que no soporto el rojo. Pero no quise desilusionar... a nadie... muchos quieren mucho al color rojo. Le dije también de la luna, y le dije de la luna en la noche, y la luna en el día... ¿has notado que son lunas diferentes? ¡Por supuesto que lo has notado! Una está alegre y responde, la otra duerme todo el día... son lunas raras, casi alunadas dirias tú, ¿verdad amiga lechuza..? ¡Ah cierto!, le dije también de la amistad, del amor y su importancia. Le dije del arte de cazar, del arte de comer... le dije mucho del arte, eso es cierto. Le dije también de las cosas que nunca han de decirse, porque lo creí necesario.... Le dije tanto amiga lechuza, que ya no sé que no le dije...».
«¿Le dijiste tu nombre?»
«Por supuesto que no...», respondió el zorrito un tanto alterado, para luego agregar entre susurros «mi nombre es mío».
«No hay nada "mío" o "tuyo" querido amigo, eso lo tienes tú bien claro. Lo mío es tuyo, y lo tuyo es mío... no, no es así. Mejor sería decir 'no hay nada "tuyo" y no hay nada "mío", lo nuestro es nuestro...' no, eso tampoco suena muy bien. Nada es de nadie, querido amigo zorrito, o lo que es lo mismo: todo es de todos... ¿lo entiendes?»
«Nop», respondió el zorrito mientras olisqueaba una dulce flor.
«Déjame te lo explico... ¿Recuerdas cuando la luna en la noche, y la luna en el día se convierten en la misma luna? Pues bien, es sabido que la luna en la noche suele jugar con los lobos, las mareas y las lechuzas... y con los zorritos también, por supuesto... pero más que nada con las lechuzas. La luna en la noche es una buena amiga, ella comparte la luz del sol, porque sabe que no es verdad que la luz sea del sol... ¿cómo explicarías que la luz que comparte la luna sea la luz del sol, sino es que acaso la luz no es de ninguno de ellos, sino que es de ella misma? La luz también es amiga, querido zorrito. Pero es primero amiga del sol, después amiga de la luna, y gracias a la luna, la luz es amiga nuestra. Pero no es nuestra... eso que quede claro».
«Sigo sin enteder, amiga lechuza».
«Todo lo que la luz toca, es porque la luna así lo quiso, y la luz así lo quiso también, porque el sol así lo quiere, y los tres amigos lo quieren porque saben que son de los tres, porque ninguno es de ninguno. La luz, antes de ser luz, era luz... es decir, la luz siempre fue luz amigo zorrito. Pero la luz nunca fue de la luz, siempre fue de sí misma, pero no de sí misma solamente. Porque la luz no es de nadie, ¡ni de ella misma!, la luz es nuestra... pero no es nuestra... es de todos, porque no es de ninguno. La luz es, igual que el sol, que la luna, que los lobos y las mareas, que las lechuzas y los zorritos, todos somos, porque somos... y en tanto somos, no somos de nadie, y por tanto, somos todos de todos...»
«Eso no tiene ningún sentido, amiga lechuza... la luz es de la luna, o es del sol... no hay tal cosa como la luz de la luz ¡Qué cosas dices!»
La lechuza reflexionó un poco sobre las palabras del zorrito, y asintió. No porque el zorrito tenía razón, sino porque el zorrito no la tenía; ni ella tampoco la tenía. Para la lechuza, la razón se tenía a sí misma, pero no solamente, la razón no era de nadie en particular; y por tanto, todos podrían tenerla. Entonces la razón era de todos.
«¿Y qué más le dijiste, zorrito?»
«Le dije que le dije cosas, pero eso ya lo sabía. Yo igual se lo dije, remarcar lo obvio nunca es algo obvio. Eso me lo enseñaste tú amiga lechuza, ¿no es verdad?», el zorrito se sonrrojó un poquito, y su color coloradito quedó aún más... más... coloradito. «le dije que me gustaban sus ojitos», murmuró casi un poquito más timido que el minu...tito anterior.
«Sus ojitos... entiendo... rojos me imagino».
«Rojitos», la corrigió «¿Cómo lo supo?», exclamó un poco asombrado el zorrito.
«Pues porque verdes no han de ser, zorrito; los ojitos verde son ojitos de magia... y la magia nunca ha venido a visitar este planeta. La luna sabe bien de eso... al parecer no son buenas amigas... El negro es un color tan oscuro que brilla en la oscuridad, ¿has notado ese extraño y muy usual fenómeno?, a nadie le gustan esas cosas zorrito. Lo oscuro es demasiado mucho para ser tanto, entonces pasa a ser un poco más que nada... es casi nada... la nada no es muy linda. Hay mucha nada zorrito, a nadie le gusta lo que hay mucho. La luna sabe de eso y me lo ha dicho. Supongo que azul no serían zorrito, porque el azul es tu color favorito, y si hay algo que tienes zorrito es que siempre me tomas por sorpresa, eso no sería sorpresa, ¿o si?»
«¡No!, no lo sería, es cierto», río complacido el zorrito.
«Así que si ni negros, ni verdes, ni azules, tampoco serían blancos. Esa es la inferencia lógica».
Ambos asintieron en acuerdo que eso sería lo más lógico.
«Amarillo... amarillo podría ser zorrito pero no se me ocurrió, te seré franca. Así que en definitiva, el rojo, o bueno... el rojito... es el color seguro de los ojitos aquellos que te gustan».
El zorrito volvió a sonrojarse, y saltando sobre sus cuatro patitas se quedó sentado muy contento.
«Son ojitos tristes... sus ojitos rojitos»
«Como todos los ojitos que han vivido, zorrito. Si no son tristes, o no son ojitos, o no han vivido».

La lechuza y el zorrito intercambiaron algunas que otras de sus sabias reflexiones. El zorrito seguía encantado con su amiga la lechuza, y la lechuza disfrutaba del encanto del zorrito. Entre palabra y palabra, y algún que otro silencio, el sol que siempre gira, cedió el trono a la luna en la noche.
El zorrito y la lechuza, desprovistos de inocuidades, se saludaron gratamente el uno a la otra, y la otra a el uno. Aquella prendió el vuelo, en lo alto... y el zorrito la miró volar. Su sonrisa, aquella sonrisa que no le pertenecía siguió su rumbo a otras tierras, y volvió a sentirse triste como siempre.
«Me gustaría tener el poder del vuelo», murmuró el zorrito mientras rompía en el primer llanto de la noche... 
«Pero nada es de nadie, ni la nada, ni la nadie», le dije; y en seguida volvió a sonreir...
«¡Eso es muy cierto!», me dijo.