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28 ene. 2019

Con sabor a poco

Fue un beso sonámbulo el que nos dimos en aquellos rincones de la sombra.

Vagaba lentamente en nuestros labios una promesa impronunciable.

Reíamos con la idea de ser encontrados en nuestro incorrecto andar.

Y terminamos besándonos con vigilia entre las rocas de un mar tranquilo.

Pero fue un engañoso juego el tuyo.

Y fue una tonta jugada la mía, he de admitirlo.

Y entre el sueño y la vigilia te encontraba recorriendo mi mente.

25 ene. 2019

5 razones por las que voy a intentar dejar de escribirte.

Pasaré a enumerar,
las cinco razones por las cuales
he de intentar
dejar de escribirte.

1.
Razón número uno,
la fundamental.
Creo que al escribirte,
te hago mal.
Suena extraño, quizá,
que la razón primera
esté centrada en tí,
y no en mí. Pero
es la verdad.
Siento que al escribirte,
solo te hago mal.

2.
Razón número dos,
la poderosa.
Siento que tal vez,
estás en un mambo
con el que no quiero jugar.
Esas dicotomías mentales
en las que te manejás,
no tienen el más mínimo sentido
con mi realidad.
Yo no quiero nada,
más que estar y acompañar.

3.
Razón número tres,
la intelectual.
No da.
No da sentirme mal,
por cosas que están
fuera de mi poder,
de mi control.
No da angustiarme por un
"que tal sí..."
No da.

4.
Razón número cuatro,
la molesta.
Me saca tiempo,
estar, pensar, sin saber,
sin estar, sin querer...
Me sacás tiempo
a mí, de mí, sobre mí.
Estás molestando,
en mi mente, con tu
presencia.
Estás ahí demasiado tiempo.

5.
Razón número cinco,
la verdadera.
Me pasan cosas,
contigo.
Lindas cosas.
Cosas sanas, puras, honestas.
Y da miedo,
que no te pasen,
que no quieras que te pasen,
que no te interesen.
Pila de miedo.

Así que quizá,
lo más sensato sea
dejarte de hablar,
de escribir, de pensar...te.

18 ene. 2019

Siguen a Viviana

Se había levantado aún más viento desde que había salido de casa. La lluvia caía como cuchillas sobre mi rostro, y ni el gorro de lana ni la bufanda hacían nada para impedírselo. Maldije por lo bajo tras pisar un baldosa en falso y enchastrarme todo el pantalón.

Caminaba por Gardel cuando sentí que alguien me seguía a mis espaldas. Detuve en seco mis pasos y miré hacia atrás. Nada. Ni un solo auto había pasado por la calle en los 20 minutos de caminata. Ni un solo perro había ladrado. Tan solo el ruido de la lluvia al caer sobre Montevideo, y el viento zumbando en mis oídos. No era muy normal que un jueves a esta hora se mantuviera tan quieto. Tomé la calle a mano izquierda y comencé a subir por Quijano. Media cuadra más arriba, todas las luces se apagaron.

Comencé a sentir miedo. Apuré el paso decidida, mientras murmuraba para mis adentros alguna protección que sabía de nada iba a servirme si uno de los blancos se encontraba cerca, y de algún modo, sabía que lo hacían. Había llegado a Maldonado cuando un auto pasó a toda velocidad subiendo desde la Rambla, se detuvo de golpe apenas a unos metros de distancia. Me detuve e intenté esconderme entre la lluvia y la oscuridad. Apagó el motor y dos figuras se bajaron del vehículo.

Miré hacía atrás para intentar volverme, pero un hombre alto y fornido se me interponía en el camino. Podía sentir como su energía le hedía del cuerpo irradiando un calor azul a su alrededor. No era un blanco, pero eso no me generó mayor tranquilidad.

Busqué a tientas la navaja que tenía en la cartera y me aferré a ella con fuerza, mientras seguía murmurando por lo bajo las protecciones de algún dios ya tiempo antes olvidado.

Los cuatro nos mantuvimos en nuestros asignados lugares por un momento. La lluvia comenzó a caer con mayor fiereza sobre nuestras cabezas. Las dos figuras del auto quedaron ocultas entre las cortinas de agua. Era mi momento, ahora o nunca.

Tomé impulso y salí corriendo a mano izquierda. Las luces también estaban apagadas aquí.

"¡Se escapa!"

"¡No dejen que se escape!"

Corrí con todas mis fuerzas por la calle hasta Michelini, una vez allí doble a mano derecha. Seguí corriendo. Podía sentir como me seguían el paso de cerca y sus fuerzas eran mayores que las mías. El hombre de energía azul acortaba el paso, y en pocos metros lograría alcanzarme.

Con rabia me detuve y al darme vuelta, le clavé con fuerza la navaja en el abdomen. No tuve que hacer mucho, mi cambio de dirección lo había dejado perplejo, y su propio impulso fue más que suficiente para insertársela él mismo. Intentó agarrarme del pelo, pero si las protecciones habían servido de algo, apenas si pudo hacerlo, y mi cabello se le escapó de entre los dedos. Tambaleé hacia atrás, aturdida por el impulso.

Su cuerpo había quedado extrañamente ensangrentado pero no lo había herido seriamente. Un hombre como aquel no iba a detenerse por una pequeña apuñalada. Y era cierto. Lo vi mirarme con desprecio mientras tomaba la navaja que había quedado clavada en su cuerpo, y de un tirón la quitaba.

Su blanca sonrisa iluminó levemente la oscuridad de la noche.

"No puedo quedarme a conversar", pensé. "Seguro que ya vienen tus amigos".

Llevé mi mano con su sangre a mis labios y murmuré una invocación que me desagradó en lo más hondo de mi alma. El sabor de su sangre me revolvía el estómago, pero era necesario.
Acto seguido su sangre comenzó a hervir en mi mano. Podía sentir su temperatura elevarse hasta las llamas, sus ojos habían quedado pálidos del dolor. Toda la sangre de su cuerpo hervía como la de mi mano. "Simple transferencia", le susurré, "termodinámica".

Comencé a correr nuevamente antes de que su cuerpo estallara en llamas. De los otros, ni rastro.

1 ene. 2019

Absolutamente nada que contar

Habían varias cosas en mi mente en ese momento. No podría decir con claridad cuantas, ni mucho menos cuales. Tan solo sabía que eran varias.

"¿Has escuchado eso?", preguntó atenta mi sombra. Di vuelta sobre mis pasos tan solo para encontrar la oscuridad latente de la noche.

"¿Qué has escuchado?", le susurré. "Escuché a la muerte", atinó a responder. Tan solo decirlo se me entibió el pienso. No había nada de terrorífico en la muerte, tan solo curiosidad. Volví a encauzar mi rumbo y me perdí entre mis pensamientos. La luna se escondió con delicadeza detrás de una cargada nube y me dejó en la más absoluta soledad. Ni mi sombra podía acompañarme ahora. "Estoy solo", pensé "por fin".

Habían varias cosas en mi mente en ese momento. Pero la muerte no era una de ellas. La muerte era tan solo mi otra realidad.

30 dic. 2018

Un poquito de esto raro que me pasa

Con un poquito de pesar
vengo aquí a comentar,
pues —¿por qué razón
no hacerlo, verdad?—
lo que me está pasando.

Está —y he de decirlo
siempre en presente—.
Está pasando.

Está pasando, que te estás
alejando, de mí
—¿Te estás alejando?
¿Es eso?—.

"¿Qué siento?"
unas ganas tremendas
de verte y darte un abrazo,
y compartir un café
—o un mate, o una chela
o lo que sea, cualquier
momento contigo—, y
pues, tengo miedo.

"¿Miedo a qué?"
te preguntarás. Miedo a
esto raro que siento.
—Es raro tener ganas
de ver a alguien, ¿no?—
Rarísimo.

Miedo a esta incertidumbre,
de sentir que molesto,
de sentir que incomodo,
de sentir que sobro...
que mis ganas de verte son
"a no lugar" —que mis
ganas de reír contigo, no
tienen sentido—, siento..
lo siento. Creo.

Quiero verte... pero no
quiero molestarte, ni
nada de eso que pueda
parecerse. Quiero pasar
lindo, contigo o sin ti
—pero mejor contigo—.

Esto es un poco lo que
está pasando. Está
—y he de decirlo
siempre en presente—.
Está pasando. Es
un poco lo que siento,
y de verdad: lo siento.